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lunes, 14 de junio de 2010

Las cinco causas de las enfermedades

Cinco son las causas de las enfermedades, a saber:
1- Del Ens Astrale. 2- Del Ens Veneri. 3- Del Ens Espirituale. 4- Del Ens Naturae. 5- Del Ens Dei.

Dice el Maestro Paracelso: “Todas las enfermedades tienen su principio en alguna de las tres sustancias: sal, azufre y mercurio, lo cual quiere decir, que pueden tener su origen en el mundo de la materia (simbolizado por la sal), en la esfera del alma (simbolizado por el azufre), o en el reino de la mente (simbolizado por el mercurio)”. Si se desea comprender mejor este aforismo del Maestro Paracelso, debe estudiarse la constitución interna del hombre. (Véase “El Matrimonio Perfecto” y “La Revolución de Bel”).

Si el cuerpo, el alma y la mente están en perfecta armonía entre sí, no hay peligro de discordancias perjudiciales, pero si se origina una causa de discordia en uno de estos tres planos, la desarmonía se comunica a los demás.

El SER no es el cuerpo físico; tampoco es el cuerpo vital que sirve de base a la Química orgánica; ni es el cuerpo Sideral, raíz misma de nuestros deseos; ni la mente, organismo maravilloso cuyo instrumento físico es el cerebro. El SER no es el cuerpo de la Conciencia, en el cual se fundamentan todas nuestras experiencias volitivas, mentales o sentimentales. El SER es algo mucho más recóndito.

Lo que es el SER, muy raros seres humanos lo han comprendido.

El GLORIAN es el rayo, que, al tocar su “campanada” viene al mundo físico. El GLORIAN es la ley y es la raíz incógnita del hombre. El GLORIAN es el SER del SER. El GLORIAN es la ley dentro de nosotros.

Cuando el hombre obedece a la ley, no puede enfermarse; la enfermedad viene de la desobediencia a la ley. Cuando los siete cuerpos, como si fuesen siete YOES quieren actuar separadamente, el resultado es la enfermedad.

Los cuerpos físico y vital deben obedecer al alma; el alma debe obedecer al INTIMO, y el INTIMO debe obedecer al GLORIAN. Cuerpo, alma y espíritu, deben convertirse en un universo purismo y perfecto a través del cual pueda expresarse la majestad del GLORIAN.

Veamos un ejemplo concreto y simple: Si arrojamos piedras al agua, se producirán ondas necesariamente. Esas ondas son la reacción del agua contra las piedras.

Si alguien nos lanza una palabra ofensiva, sentimos ira. Esa ira es la reacción contra la palabra ofensiva, y la consecuencia puede ser una indisgestión o un dolor de cabeza, o simplemente pérdida de energías, causa de alguna enfermedad futura.

Si alguien frustra un plan que tenemos proyectado, nos llenamos de honda preocupación mental. Esa preocupación es la reacción de nuestro cuerpo mental contra la incitación exterior.

Nadie duda de que una fuerte preocupación mental trae enfermedades a la cabeza. Debemos gobernar las emociones con el pensamiento, y el pensamiento con la voluntad, y la voluntad con la conciencia.

Y debemos abrir nuestra conciencia como se abre un templo, para que en su altar oficie el sacerdote (el INTIMO), ante la presencia de Dios (el GLORIAN).
Tenemos que dominar nuestros siete vehículos y cultivar la serenidad, para que a través de nosotros pueda expresarse la sublime e inefable majestad del GLORIAN.

Cuando todos los actos de nuestra vida cotidiana, hasta los más insignificantes, sean la expresión viviente del GLORIAN en nosotros, entonces ya no volveremos a enfermarnos.

domingo, 18 de abril de 2010

La Ciencia del Prana o la Vida misma: III parte

Por: Dr. Arnold Krumm Heller, V:.M:. Huiracocha
En todas partes del mundo se ha encargado para cuidar de nuestra salud a los médicos, los cuales están divididos en distintas escuelas que se combaten entre sí, y como resultado natural el apasionamiento conduce a los extremos, aceptando cada uno solamente las propias simpatías y combatiendo todo aquello que no esté de acuerdo con estas simpatía. Como no debemos confundir en general las personas con la idea, no debemos confundir los médicos con la medicina. Yo sostengo: "el médico nace, no se hace".
La medicina debe ser un sacerdocio y no un negocio; además, ella debe ser menos docta y más popular; que cada enfermo pueda conocer y juzgar cualquiera enfermedad y dirigir sólo la curación por el medio que crea más lógico. Es decir, señores, que debemos preparar a las personas para que cada uno sea un samaritano.
El estudio práctico de la medicina debe formar parte de la educación, a fin de quitarle ese aire misterioso y oculto que la hace de la exclusiva propiedad de una clase privilegiada comparable con una casta sacerdotal.
Toda práctica que no esté fundada sobre ideas accesibles al público, me parece enteramente irracional.
Es, pues, cosa necesaria que se propague, que se analice y se discuta todo cuanto hay de nuevo en el arte de curar y sobre todo, los principios higiénicos, poniéndolos al alcance de las masas populares; que se invite a todo el mundo al estudio atento de la Naturaleza; que se escuche su lenguaje, a veces tan sencillo, otras veces velado; qué se acepté a esa fuente como la más idónea y rica de información, y también, hasta donde sea posible, se supriman en la educación médica popular los términos latino-griegos toda vez que hay expresiones castellanas que los pueden traducir.
Desde que venimos al mundo nuestros órganos están llenos de drogas, aun antes de haber tomado leche por vez primera. En efecto, ya el cerebro contienen fosfatos; lecitina, y otros productos; la sangre tiene hierro; el hígado glucógeno, los huesos fosfatos, carbonates; el estómago pepsina, ácido clorhídrico y otros; el páncreas, pancreatina; las glándulas salivares diastasa y en casi todo el resto del cuerpo hay sales de cal, soda magnesia, hierro y en partes hasta arsénico, el fósforo y otros mil.
Esto nos prueba que el cuerpo humano es un gran laboratorio químico que sin que le hagamos ingerir esas drogas las elabora de los alimentos.
Por eso soy partidario de la aplicación de la química alimenticia y no de la quimioterapia.
En la vida normal constantemente ingerimos drogas:
Del aire que respiramos tomamos el oxígeno; en el café tomamos la cafeína; en el chocolate, la teobromina; en el chile, la capsicina; en la mostaza, la sinapicina; en la leche, la lactosa y otras drogas; en el agua misma los cloruros y otras sales que son indispensables para vivir; en las frutas, ácidos orgánicos, (cítrico-málico-tácnico), etc.; en los tomates, ácido oxálico.
De manera que los procesos químicos, animados por la vida o Prana, elaboran todas estas sustancias de los alimentos sin que cuando se note falta de ellos imponga el reemplazarlos con aquellos fabricados por un boticario y que, una vez transformados química y fisiológicamente por el jugo gástrico, no se asimilan como se cree.
Ciertamente hay drogas que merecen respeto, ¿quién lo puede negar? por ejemplo, la morfina en un hombre que después de un accidente está irremisiblemente condenado a morir, ¿habrá algo más grande que una inyección de morfina para calmar sus insoportables dolores y quitarle sus angustias en las últimas horas de la vida?
Pero eso no quiere decir que basta un pequeño ataque de asma para inyectar ese veneno y fabricar así morfinómanos, y el empleo de algunas drogas no autoriza a degenerar a la humanidad abusando de las inyecciones de mercurio que, en casos exagerados, son mil veces peores que la enfermedad que se pretende curar.
Ni los buenos resultados de un específico, del cual no se conocen sus componentes, pero que puede ser sencillo e inofensivo, es motivo que autorice para lanzar al mercado millares de porquerías con las cuales se explota la ignorancia.
Desgraciadamente es un hecho que lo misterioso seduce es una especie de deslumbramiento mental que da encanto a la Medicina, y al pueblo parece que gusta de que le engañe.
El uso tan extenso de medicinas de patente y también de minerales, vegetales, de hierbas desconocidas, de pildoritas, es en verdad sorprendente. Visité una fábrica en Alemania donde había una bodega llena, de unas tabletas y el empleado dijo: es para la América Española. Me quede admirado, sorprendido; ¡Ah¡ me dijo es un excelente mercado. Yo le creo, le conteste.
Pero en fin, si solo fuesen esas grandes fabricas, pero si en los barrios abundan los fabricantes o inventores de medicinas. El publico las compra sin consulta de médico, poco les importa sí el que vende esas medicinas sea enteramente ignorante en cuestión de anatomía y fisiología, o si no sabe nada de las necesidades del cuerpo; basta con que le garantice la cura, por el solo hecho de tomar un cierto número de pomos, paquetes o cajas.
Lo peor que hay, es un sinnúmero de médicos que no tienen escrúpulo en dar testimonios a los fabricantes de específicos, y aquéllos dan el nombre en las letras de molde.
En este caso urge una reforma, urge a la humanidad sublevarse contra esa cruel iniquidad de apariencias científicas, sustentadas en la sensualidad de nuestra especie, envilecida por los vicios y amparada por la insensatez facultativa de los siglos.
Creedlo, señores: de nuestro sistema de drogas para curar se reirán nuestros descendientes dentro de cien años, como nosotros nos mofamos de los refractarios chinos o como ridiculizamos las sangrías y otros medios terapéuticos de la Edad Media.
-La profesión del médico tiene por padre legitimo el amor del hombre por el hombre y por la ciencia; ella no puede estar reñida con toda ambición bastarda que prostituyéndola la hace ocupar un nivel tan bajo como aquel en que hoy se encuentran las regiones idólatras, que han hecho del culto y de los dogmas el más vil de los comercios a que se puede dedicar el hombre que aún conserva los atributos de la razón la voz salvadora de la conciencia.
La medicina, o el arte de curar las enfermedades y propender a la perfección moral del hombre, es incompatible con todo sentimiento, con toda inspiración que no armonice con el altruismo, pues no se puede amar esta ciencia sin sentir amor por los hombres, ya que su objeto es calmar sus dolores y enjugar las lagrimas de aquellas a quienes la Parca inexorable amenaza arrancar un ser querido.
Los hombres que al amparo de un título académico, no ajustan su conducta a los principios que dejo expuestos, son del género de aquéllos que se visten con pieles de oveja y por dentro son lobos feroces.
Entre los médicos, a los que menos caso se hace desgraciadamente, son a los fisioterapeutas o sean los que en vez de emplear agentes químicos, se valen de medios naturales o físicos para curar(1).
La fisioterapia, señores, como todos los métodos científicos de curación tiene su cuna y sufren el trastorno consiguiente y natural de la impugnación de los ignorantes, o de los propagadores de otras escuelas; pero pasado el tiempo de prueba, brilla y luce en la actualidad en nuestros instintos de enseñanza, no como un sistema esencialmente empírico, sino real, profundo, científico y de resultados eminentemente prácticos.
Constituye, hoy por hoy, la fisioterapia, un método de tal manera efectivo, que no se adquiere puramente con el deseo, no se improvisa en los consultorios. Ciertamente al amparo de leyes tan demócratas y liberales como las de Alemania y México, se han introducido con el nombre de hidrópatas, etc., individuos enciclopédicamente ignorantes que explotan al público y bajo el título de especialistas se mantienen a fuerza de avisos bombásticos.
El fisioterapeuta titulado ha hecho estudios formales y tenemos la convicción íntima que representamos el ignorado campo de la medicina racional cuyos resultados son patentes.
Nuestros factores son los agentes físicos como luz, aire, agua, calor, frío, movimiento y descanso, electricidad, magnetismo, dieta, masaje, etc., y todos los factores que nos brinda la naturaleza; y ni con aquellos pretendemos poder curar una sola enfermedad.
Para nosotros la naturaleza es el único medico, a la cual sólo ayudamos para que logre su objeto, y por este medio sorprendamos al mundo con curas maravillosas.
Nuestra bandera es la higiene; nos pasa con nuestro sistema, en cuanto a la propaganda y sus resultados, como a los navegantes: cuando salen a la mar, el capitán no sabe cuándo y cómo arribará al puerto, pero sabe que el timón obedece, que la brújula indica y cuando lleva su mano al pecho encuentra un corazón viril, que no se arredra.
Antes, los médicos de la escuela alopática nos vieron con horror: hoy día ya no: centenares de ellos están con nosotros; uno de los más valientes fue el médico de la corte de Alemania y médico particular de Bismarck. Schweninger, fue uno de nuestros más valientes apóstoles; muchos otros han publicado su opinión al respecto. El doctor Stevens, Catedrático, de la escuela de Medicina y Cirugía de Nueva York, observa que todos los médicos en general, a medida de los años de práctica que llevan, recurren cada vez menos, a los medicamentos y confían más en los esfuerzos de la Naturaleza; y es realmente cosa notada por todo el mundo que el médico joven receta mucho más que el encanecido en la profesión.
Según dice el profesor Rush, de Filadelfia, en todos los tiempos y lugares los médicos más eminentes son los que mejor han sabido libertarse de la tiranía de los estudios oficiales.
Fundándose en su larga experiencia práctica y en sus maduras reflexiones, de que habría menos enfermos y la mortalidad sería menor en el mundo si no tuviésemos medicamentos, Hecker confiesa, y todo el mundo lo reconoce, que muchos medicamentos que hoy conocemos como mortíferos, los teníamos por muy eficaces.
Podría seguir citando algunos más, pero son muy duros en sus apreciaciones y yo no quiero herir a nadie; más perdonad, en mis libros de apuntes registro aún un párrafo del Dr. Chauvet ex médico del Hospital de Bourgueil, que dice: “Un poco menos de eso que llamáis ciencia, pero que no lo es, y un poco más de filosofía restablecerá la medicina sobre sus verdaderas bases; la química y la droguería han matado al arte de curar; será preciso, para hacerlo revivir, volver a los simples de los buenos tiempos viejos, e inclinarse ante el empirismo”.
Convengo en que esto es humillante... pero ¡qué queréis! así lo exige la humanidad que sufre.
Un buen periodiquito de verdadera medicina popular sería tan útil cuanto perniciosas son todas las publicaciones periódicas de la ciencia desorientada, que inunda diariamente a París y los departamentos. Necesitamos muchas reformas, pero con calma y prudencia se conseguirá todo, y cuan elocuentes son las palabras de Shopenhauer:
"Cuando se sigue una investigación por un camino falso, (abandonando, por tanto, el verdadero) no pueden hallarse al final más que tardías decepciones".
¡Tengamos valor! ¡Vayamos a buscar la verdad, sin dejarnos extraviar por prejuicios quiméricos; tomemos a la naturaleza por guía!
Y después, el mismo Shopenhauer dice: ''Hay errores que conservamos toda la vida y que nos guardamos de escudriñar jamás, únicamente porque tememos, a pesar nuestro, descubrir que hemos dado fe a una mentira y la hemos afirmado con frecuencia durante largo tiempo”.
Finsen, en la península Escandinava, hacia sus magníficas curas del “lupus” por medio de los rayos solares y de la viruela, con la luz roja.
Las condensaciones de radiaciones coloridas en el agua, hace contraer a esta propiedades terapéuticas; así es como el agua, expuesta durante 6 horas a las radiaciones, tienen un efecto vomitivo y el mismo elemento, si ha recibido la concentración de rayos ámbar, produce, cuando se ingiere, efectos laxantes, y la mezcla de rayos de luz de los dos colores señalados determinan efectos drásticos.
Mientras en la antigua Lutecia un eminente vulgarizador, el doctor Fovea de Commells, preconizaba la luz ultravioleta; en Fabes, el profesor Kellog de Michigan, anunciaba los sorprendentes resultados alcanzados en la curación de la obesidad por medio de los baños de calor radiante luminoso.
El fin de la Quimiátrica está próximo. Cada día es mayor el escepticismo, tanto del grupo profesional médico como del público en general, respecto al valor de los agentes químicos (dice físicos) usado en terapéutica. La infidelidad de estos, sus afinidades y las alteraciones que sufren en su trayecto por el organismo, han hecho desechos muchos medicamentos.
La fisioterapia tendrá un desarrollo extraordinario y ha salido ya del empirismo para entrar de lleno en el período científico, utilizando aparatos de precisión y medidas exactas, por medio de los cuales es fácil investigar, relativamente, que clase de reacciones íntimas suscitan los agentes físicos en los diversos territorios del organismo; un funcionamiento más recular, una energía más activa, y una nutrición más compleja.
Las incertidumbres de la medicina, las contradicciones de los maestros más ilustres, los errores del dogmatismo, bastan para asegurar el triunfo de la Fisioterapia.
Los tratamientos fisioterápicos nos están dando todos los días resultados verdaderamente maravillosos; sólo los ignorantes, los obcecados, y los hombres de mala fe, pueden negar su inofensividad, a la par que su asombrosa eficacia.
El perfeccionamiento de los aparatos y procedimientos para, el empleo de los agentes físicos responderá enteramente a la terapéutica del porvenir realizando el disideratum de una buena curación, que tanto anhelaba Celsus: Cito, Tuto in incunde (pronto suave y duradero).


(1) He aquí, ahora, la exposición concisa de los principios o verdades fundamentales en que reposa la Fisiatría o "Verdadera Ciencia de curarse", enviado por la Sociedad Naturista de Buenos Aires, y firmada por el conocido higienista Antonio B. Massioti, al Congreso Médico Latino-Americano reunido hace algunos años en la Capital Argentina.
1. —El Universo es un todo armónico animado por dos elementos coeternos: fuerza y movimiento; no habiendo substancia alguna perceptible que escape a esta ley fundamental.
2. —Todos los fenómenos materiales, orgánicos e inorgánicos, obedecen al mismo principio de realidad preexistente (substancia animada de movimiento resultante de su cualidad más íntima: la fuerza).
3. —La existencia material, en cualquier forma, tiende a la conservación de su energía (preponderancia de la fuerza).
4. —La energía se manifiesta en dos sentidos diametralmente opuestos; o sea, positivo y negativo,
5. —En la vida inorgánica, el primer sentido de la fuerza reúne (cohesión, afinidad); el segundo dispersa (disgregación, expansión planetaria, molecular y atómica).
6. —En la vida orgánica, el principio de la conservación de la energía (5a fuerza) se halla transformado, aunque sea fundamentalmente el mismo; es decir, el que marca la resultante de los dos sentidos de la fuerza (el positivo y el negativo).
7. —Por el primero (sentido positivo de la fuerza), el ser tiende a conservarse (asimilación, nutrición); por el segundo, tiende a transformarse (desasimilación, desgaste, descomposición).
Es tan innegable que la fuerza de asimilación y desasimilación es la misma —positiva y negativa— transformada que determina el estado de los cuerpos inorgánicos, que en las fronteras de uno y otro reino se confunden los tipos; siendo los partidarios de la teoría evolutiva, artículo de fe, la insensibilidad del pasaje de los cuerpos inorgánicos a los seres organizados, como lo es asimismo, de los vegetales a los animales, y razón por la que, cuando hablemos de cuerpos organizados, nosotros nos referimos a los dos reinos.
8. —El predominio determinante de la fuerza —el positivo o el negativo— lo dan los agentes naturales que uniforman el medio ambiente—luz, calórico, substancias líquidas, sólidas y gaseosas.
9. —La energía vitalicia de los seres orgánicos —animales, y vegetales— tienen un máximum de escensión enérgica —crecimiento—, después del cual se inicia la declinación.
10. —En el, primer período predomina la. energía del sentido positivo; en el segundo la energía del sentido negativo, de la fuerza.
11— De relación armónica de un ser —animal o vegetal— con su ambiente de vitalidad, determina su estado normal —la salud—; la desarmonía su estado anormal —la enfermedad.
12. —En la plenitud de la vida y la salud —máximum de crecimiento—. el equilibrio de las fuerzas, positiva y negativa —asimilación y desgaste, es perfecto.
13. —Los seres organizados tienen al servicio de las dos fuerzas —mejor dicho, sentido de la fuerza —órganos de función determinada: unos tienden a la conservación de la energía, otros a su transformación.
14. —La actividad normal de los órganos, positivos y negativos. la establece el medio ambiente — luz, calor, electricidad, ambiente, alimentación,
15. —La actividad normal —desarmonía— puede ser total o parcial; en el primer caso la resultante es la muerte violenta —contra su duración esencial—; en el segundo, la enfermedad.
16^—La-enfermedad —en los anímales y en las planetas—no termina, luego de iniciarse, si .prevalece la desarmonia imparcial entre el ser y su medio ambiente.
17. —A los efectos, saludables y enfermizos—normales y anormales, o armónicos e inarmónicos, del ser con su medio ambiente—, no hay diferencia esencial, ninguna, entre vegetales y animales.
18. —Todo organismo, como todo cuerpo, que ha perdido la dirección normal o la evolución de su determinante coexistente, la recupera con mayor o menor lentitud —si no está esencialmente destruido—, colocado 'en armonía con su medio vital— luz, calórico, substancias sólidas, líquidas o gaseosas, indispensables a su vitalidad.
19. —Cuando un organismo—, como cualquier otro cuerpo del universo—, colocado en condiciones de desarrollar su fuerza positiva, no lo hace por sí no hay artificio capaz de conseguir el predominio del sentido negativo de la fuerza
20. —La vida orgánica es una modalidad del movimiento universal, sujeta a los mismos principios de armonía que rigen la materia.
21. —La emotividad, como la motilidad, son a su; vez transformaciones de la fuerza inicial que sirve de fundamento a la Gran Teoría de la unidad y correlación de los elementos físicos, a que los seres orgánicos no pueden ni deben sustraerse.
22.—Los principios de armonía del ser humano, con su medio propio de vitalidad —como los de cualquier otro animal o vegetal—, los determina, con perfecta claridad, su estado natural, relacionado con su ambiente físico-químico;
como el de los cuerpos inorgánicos los determina la acción propia de los agentes que obran sobre ellos.
23. —Toda la ciencia de la salud, la aplica y la explica la naturaleza; desde el hombre al infusorio, sabiendo, en tal concepto, tanto éste —el infusorio— como Hipócrates o Virchow.
24. —La fisiatría es una parte de la Gran Teoría de la anidad y correlación de las fuerzas físicas, y se propone explicar los fenómenos de la vida orgánica —en sus relaciones comía salud y la enfermedad— por él movimiento
No podréis objetar científicamente esta definición en la que fijamos la base de la Nueva Ciencia; porque, para ello, tendréis que comenzar por negar los fundamentos del luminoso corolario de Newton acerca de la gravitación universal de la materia, y sobre el que reposa toda la racional e irrefutable Teoría que explica, lo mismo los fenómenos de la Gravedad, que los caloríficos, lumínicos, electromagnéticos. etc., etc., en igual forma que los de la actividad interplanetaria e intermolecular que caen bajo el dominio de vuestros sentidos. ,
Y si no podéis negar esa grandiosa revelación, fundamental al Saber humano, ¿cómo podríais sustraer los míseros fenómenos que ocurren en los seres organizados del minúsculo planeta que habitamos, al influjo determinante, esencial a esa magna concepción del genio? ¿Acaso porque entre los seres organizados se halla incluido el mentado Rey de la Creación, con su pintoresco caudal teológico y médico-quirúrgico ?...
Solamente en un punto podríais objetar la grandiosa concepción, fundada en las leyes de Kepler y el corolario de Newton, y es la manera infantil de explicar la acción del Sol y los demás astros y planetas del universo visible, en relación con nuestro sistema nervioso. ¡El sol, astro principal de un sistema planetario, permanentemente en ignición, para calentar e iluminar los míseros seres en la Tierra! ¡Los astros colosales radiando luz que invierte miles de años en llegar a la Tierra, para solaz de la visión humana! No, eso es absurdo. ¿No acabará la mente humana. por encontrar más racional que el Sol impresione, obré, físicamente, sobre o en la atmósfera terrestre, produciendo los fenómenos caloríficos, luminosos y electro-magnéticos, que vitalizan los organismos de este planeta? ¿La Luna y las estrellas no se conducirán de una manera análoga en: relación con los fenómenos lumínicos que impresionan nuestra mísera retina?
25.—El máximum de recursos curativos a que puede aspirar la criatura humana, en caso de enfermedad, es la reanimación natural —tonificación. reconfortíficación— de sus órganos encargados del equilibrio de las fuerzas contrarias al desenvolvimiento positivo del organismo y capaces de restablecer el predominio de aquél —la salud— hasta donde es posible, dentro de su ciclo evolutivo.
26.—La Nueva Ciencia de curarse ha determinado ya, con mayor o menor precisión, las reglas generales que se deben seguir para arribar a ese resultado, relacionándolos todos con el medio ambiente.
Ahora bien: he aquí los fundamentos de nuestra Nueva Ciencia de curarse sin médicos, ni medicamentos, ni operaciones, ni milagros, ni nigromancia, ni mano-santas.
Para la Fisiatría, son principios incuestionables, esenciales y de fácil comprobación, respecto del Ser Humano La fisioterapia tendrá un desarrollo extraordinario y corno de todos los organismos, animales y vegetales—, los siguientes, y que, a vosotros, eruditos congresales, os corresponde replicar, pero que no lo haréis, porque no podréis hacerlo, porque son dentro de las Ciencias Naturales. tan axiomáticos como para las matemáticas éstos, que fundan toda la ciencia por excelencia, la Ciencia de la cantidad y del cálculo:
“El todo es mayor que la parte".
"Dos cosas iguales a una tercera, son iguales entre sí",
"El camino más corto entre dos puntos es la línea recta".
Axiomas de la Fisiatría
a. —El organismo en función es un todo armónico;
b. —Toda enfermedad es un efecto de la alteración funcional de la totalidad, particularizada en un detalle orgánico individual;
c.—La principal causa de las anormalidades de generación orgánica enfermiza, es la alimentación inadecuada, o la que se hace en proporciones y condiciones distintas a las que determina la armonía del ser, ayudado por el instinto y el orden natural;
d. —Toda enfermedad incide en el aparato digestivo —raíz de la vida— cuando no comienza allí mismo.
e. —Las heridas, contusiones, etc., no son enfermedades; pero las inician por su acción nerviosa de reflexión inmediata sobre el aparato digestivo.
f. —Toda relación saludable se inicia normalizando las funciones digestivas;
g. —Mientras la lesión no es profunda, el aparato digestivo se rehace por sus medios propios de acción defensiva;
h. —La curación o normalización orgánica definitiva la complementan la piel y el pulmón colocados en condiciones higiénico-naturales-
La Medicina Oficial y la Higiene Artificial han estado y siguen estando profundamente equivocadas, acerca de la manera de obrar de los agentes exteriores, especialmente la atmósfera, sobre el organismo. En relación con su medio ambiente atmosférico, no hay razón alguna, fundamental, que autoriza a diferenciar el ser humano de cualquier vegetal de los que nacen y crecen al aire libre, favorecidos por la acción directa del calor y la luz solar. Y así como ningún vegetal en condiciones de ambiente de vida normal se enferma por el influjo atmosférico, tampoco se enferman el hombre ni animal alguno de la Creación.
i. —No hay más que una enfermedad, en la especie humana, como en el resto de los seres organizados, animales y plantas —y se cura de, la misma manera: fortificando por sus medios propios, naturales, la raíz de la vida, y colocando la totalidad del ser en las mejores condiciones higiénico-naturales con su medio ambiente—, luz, calor, aire y substancias alimenticias o nutritivas;
j. —La enfermedad única del hombre, como la de todos los seres organizados —animales y plantas—, se manifiestan en dos formas distintas: con efecto indeterminado —malestar general—, o con efecto fijo y-bien determinado —malestar, dolor, perturbación nerviosa, circulatoria, ventral, cáncer, tubérculo, etc., etc.— La primera es crónica, general, latente; la segunda, aguda, local. Puede existir la primara sin la segunda, pero jamás la segunda sin la primera;
k. —Los enfermos que no se curan colocados en sus condiciones de higiene natural de alimentación y ambiente, no los cura nada ni nadie;
1. —Es erróneo que haya enfermedades incurables: sólo hay organismos irrecomponibles, por la destrucción de órganos esenciales a la vida general de cada uno—animales o plantas.
En este caso los que no sucumben, no es porque lo impidan los medicamentos, sino porque el organismo ofrece una resultante de resistencia mayor que la —fuerza negativa— de la enfermedad, los remedios y las operaciones;
m. —De un modo natural, es decir, colocando hábil y atinadamente el organismo en relación directa con sus agentes físicos naturales —luz, calórico, electro-magnetismo ambiente—, se pueden provocar las reacciones más enérgicas —crisis curativas, o esfuerzos exponenciales de eliminación rápida de las substancias muertas en fermentación—, para todos los casos de enfermedad, absolutamente para todos.

sábado, 17 de abril de 2010

La Ciencia del Prana o la Vida misma: II parte

Ya hemos tratado de la influencia del Sol sobre la vida pero ¿ese astro es el único que influye sobre la salud y vida orgánica? Evidentemente que no, pero es el principal.
Los astrólogos nos especifican la influencia de cada uno en relación de su posición; nos llevaría muy lejos entrar en estos detalles, pero debo hacer notar siquiera la influencia de la luna.
Todos habéis oído hablar de los lunáticos, una especie de enfermos que cambian de carácter o humor con luna llena, o también de los sonámbulos que andan por techos en el mismo estado de la luna. Sabemos la influencia que tiene este satélite en ciertas manifestaciones, en la vida de la mujer, etc.
Ustedes saben que los hombres del campo, podan durante la luna nueva, pues dicen que así salen mejor los brotes: pues igual sucede con el cabello que es un adorno de la mujer, como así mismo la pestaña larga y crespa; pues en lugar de aumentar ese promontorio con el pelo de los cadáveres, que con la última moda se hacen escasos en los hospitales de Europa, cortad la punta del pelo y de las pestañas, durante algún tiempo, en luna nueva, y veréis qué resultado.
Me diréis que soy mal reclamo (el autor es calvo). Pero volviendo al tema serio y dejando establecido que la fuerza vital emanada de los astros podemos aprovecharla, debemos buscar un método para conseguirlo,
El planeta Mercurio dista del Sol 14,300.000 leguas, el azogue tiene un peso específico de 14,3.
En el afelio señalamos 69,4 de millones de kilómetros, y Mercurio, como metal es 6,94 veces más pesado que el aire. Si tomamos como unidad el diámetro de la tierra, el planeta Mercurio corresponde a 0.38 y el metal se congela a los 0.38 grados.
La densidad del planeta es de 1,37 lo mismo que el azogue líquido 1,37. o en otras palabras, tratar de ponernos en contacto con ella y eso hacemos por medio de la respiración.
De manera que el puente de unión entre la vida universal y la vida individual es la respiración, y los principales puntos en donde se ponen en contacto estos elementos, son en la superficie libre de las vesículas pulmonares y la mucosa gastrointestinal.
Ya hemos repetido que el átomo es un condensador de una enorme cantidad de energía, por consiguiente los átomos de oxígeno contenidos en el aire, al penetrar por osmosis al través del epitelio pulmonar, introducen en el organismo no solamente una partícula material o química, sino determinada proporción de la fuerza que encierra.
La atmósfera y el éter, en que estamos sumergidos son, como ya comprendimos, un inmenso océano de fuerzas cósmicas del cual tomamos la proporción necesaria por medio de la respiración.
Esta respiración nos lleva la vida a los laboratorios más íntimos del organismo para formar el protoplasma, que ya analizamos y que es la base de la célula orgánica, y como esta célula -tiene la fuerza inherente de desarrollar el germen de otra célula con iguales facultades a las suyas, resulta que el secreto de prolongar la vida, consiste en poner las células en condiciones tales, de producir otras semejantes en iguales condiciones.
Ese secreto nos revela la India con su Hatha-Yoga o ciencia de respiración. El Hatha-Yoga es una rama de la ciencia Yoga, pues conocemos el Raja-Yoga, Karma-Yoga y Gnani-Yoga; pero ellos serán tema de otra conferencia, pues el margen de la presente se hace estrecho para tan trascendental asunto.
Los viajeros que han visitado la India están acordes en haber visto en los fakires y Yogis pruebas asombrosas y que mediante poderes, que para los occidentales son inexplicables, hacen paralizar por los momentos que quieren, la pulsación del corazón; yo mismo he examinado a uno en París, que subía a voluntad su pulsación hasta 120 por minuto.
Está muy de moda la novela Nostradamus, personaje real y no simplemente novelesco, que vivió en la corte de Catalina de Médicis y que, como su hijo Miguel, ha dejado obras escritas.
Pues este personaje, lo mismo que Cagliostro o José Bálsamo, en su edad avanzada conservaba el aspecto de un hombre a los 40 años; sus secretos tenían como base las respiraciones, que se enseñaban en las iniciaciones antiguas. Existen hoy día una variedad de métodos secretos de respiración, yo conozco varios, y los únicos que me es dado ofrecer al público, son los que señala en gran parte el Yogi Ramacharaka en su obra.
Haberlas copiado todas sería una lectura de cuatro horas, que no resultaría en beneficio de mis queridos oyentes, y la práctica me ha enseñado que tal como nos la participa el Yogi, no debe ni puede seguirlas todo el mundo. Tanto para curar enfermedades o para desarrollar los poderes latentes en el hombre, es menester tomar en cuenta la constitución de cada cual, sus antecedentes y condición, el ambiente en que vive, etc. Una de las respiraciones que sí puede usar todo el mundo, y que sin -excepción dará resultado, es la purificadera, que consiste en inhalar por la nariz lentamente en tres tiempos, concentrándose primero en el bajo: vientre en seguida en el diafragma y después en el pulmón; retener el aire unos pocos segundos y expelerlo en seguida por la boca lentamente, poniendo los labios en actitud de silbar. Ese ejercicio ventila y limpia los pulmones, estimulando matemáticamente las células, tonifica los órganos respiratorios estimulando el organismo entero. Otra respiración, es la misma, combinada con ejercicios de gimnasia; tonifica los nervios y es excelente para los hombres intelectuales; pero la base de todas es la que publicó el Sr. Capdevila y las del Doctor hindú Rama Prasad, las cuales yo he experimentado durante diez años.
Todo lo que existe en el universo está compuesto por cinco Tattwas. El cuerpo humano o el microcosmos, tanto como el macrocosmos; en nuestro cuerpo ellos ejercen su influencia alternativamente, y a intervalos de tiempo perfectamente regulares.
Por consiguiente, la salud del cuerpo y la del espíritu dependen enteramente del juego regular y armonioso, del equilibrio más o menos estable de esas cinco fuerzas. Uno de los signos manifiestos de la presencia de alguna de ellas, en tal o cual lugar del cuerpo, es su color, que el vidente o el sensitivo ve, con los ojos cerrados, o lo percibe en el espacio ambiente.
El Príthvi Tattwa, es amarillo, es excitante, enardeciente por su naturaleza; su especialidad en el cuerpo humano es trabajar en la nutrición de los músculos, en el alimento de la substancia nerviosa.
Prithvi es el que anima la célula en general para reproducirse en perfectas condiciones; trabaja principalmente en los pulmones en el acto respiratorio, esa digestión del aire, la que exige 60 horas para efectuarse, durante las cuales los pulmones trabajan por turno.
La respiración experimenta cinco cambios, es decir, que ciertos fenómenos se efectúan durante cierto tiempo, en tal lugar de los órganos y durante otro período de tiempo, en tal otro lugar.
Los ocultistas llaman respiración solar a la que se efectúa por la fosa nasal derecha, y respiración lunar a la que se efectúa por la fosa nasal izquierda.
Al lado derecho, los hindúes lo han llamado sol; es el lado positivo, el que representa el principio masculino o activo.
El lado izquierdo, es llamado la luna y Shakti, el cual representa el principio femenino, hembra o pasivo. Los cinco Tattwas funcionan por turno en estos dos lados.
Entremos en detalles:
En perfecta salud, el soplo o respiración sigue los movimientos de la luna. El mes lunar como sabemos es de 30 días.
Durante 15 días nuestras noches están iluminadas y durante otros 15 están en la sombra. Durante estas dos quincenas atraviesa la luna los 12 signos del Zodiaco; permanece pues, 60 horas en cada uno.
Cuando la luna entra en el signo Aries, se respira por la fosa nasal derecha, y lo mismo sucede para cada signo impar del Zodiaco.
Cuando la luna entra en un signo par, la respiración se efectúa por la fosa nasal izquierda.
Durante las 60 horas que la luna permanece en el signo, la respiración cambia 31 veces. 60, dividido por 31, de 1 hora, 56 minutos, 7 segundos; 7 tiempos de trabajo alternativo para cada pulmón.
Si al salir el sol, notamos una u otra respiración, (respiración lunar, fosa izquierda; respiración solar, fosa derecha); estamos seguros que durante tres días tendremos la misma respiración al salir el sol.
Es necesario, entonces, suponer que acaba de espirar la víspera un período de 3 días.
Según el cálculo hecho, en las 24 horas durante las cuales se realizan 12 cambios y 2/5 uno está siempre cierto de que el 13° cambio será como el primero: después viene el cambio de signo, y con él, el cambio de la respiración. Si estamos en el período de los 15 días de noches claras, durante el primero, segundo y tercer día encontramos que a la salida del sol tenemos la respiración lunar, lado izquierdo.
Contemos una hora 56 minutos, 7 segundos y veremos que todo el resto del día la respiración alternará durante ese tiempo, sea a la derecha o a la izquierda.
I.—El primero, segundo y tercer días, respiración lunar a la salida del sol.
II.—El cuarto, quinto y sexto días, respiración solar a la salida del sol.
III.—Séptimo, octavo y noveno días, lunar en ese tiempo.
IV.—El décimo, decimoprimero y decimosegundo días, vuelve al solar.
V.—El decimotercero, decimocuarto y decimoquinto días, vuelve la lunar.
Durante las noches obscuras, tendremos:
I.—Primero, segundo y tercero días, respiración solar a la salida del sol.
II.—Cuarto, quinto y sexto días, respiración lunar, y se sigue alternando de manera que decimotercero es como el primero.
Ese ejercicio se efectúa cerrando con el dedo la fosa derecha o izquierda, según el caso, obligando a la respiración a efectuarse por la fosa libre.
Ese método de respiración es un secreto iniciático que yo conocía hace muchos años; me salvó la vida cuando fui víctima de la peste negra. Ahora lo he visto publicado ya, y por eso no tengo inconveniente en ofrecerlo a mis oyentes.
Ensayadlo los que queráis vivir muchos años y morir no de enfermedad, sirio de agotamiento físico y podréis juzgar el éxito en tan importante asunto.
Casi todos los hombres de la antigüedad hablan de una manera velada de él.
Bien lo dice el sabio Ennemoser, que los diferentes mitos simbólicos que nos transmiten la tradición o los libros antiguos, antes considerados como meras ficciones sin sentido, se ven ahora que son los más ingeniosos, así mismo tiempo las más profundas expresiones de una verdad estricta y científicamente definida de la naturaleza, por ejemplo:
Las Sagradas Escrituras o sea la Biblia, es uno de los libros, para aquel que sabe comprender su sentido oculto o esotérico, más importante que se conoce; nos dice en el Génesis, capítulo II, versículo 7. "Formó pues Jehová Dios, al hombre de polvo de la tierra y sopló en su nariz soplo de vida y fue entonces el hombre ánima viviente".
Se ve pues, que la Biblia señala como el principio de la vida el soplo que entra por la nariz.
El Bhagavad Gita y la Biblia tienen otras citas curiosas a este respecto, que podréis buscar.
El higienista Carbonel opina que la fuerza vital es causa y no efecto del funcionalismo orgánico, y siendo fuerza activa, difiere de la fuerza latente en estar polarizada o bisexuada, no siendo los sexos otra cosa que una manifestación particular de la polaridad.
Una energía en estado neutro es inmanifestada; al sensibilizarse se opera un fenómeno de desintegración.
La vida es la que resulta del influjo mutuo de ambas energías cerrando un circuito en cada ser viviente. La salud resulta del equilibrio de ambas energías, y la enfermedad, de su desequilibrio. Consideradas en su aspecto material estas energías biológicas están entificadas en huestes de microbios o células, unidades de vida que pueden ser bio-positivas o bio-negatívas.
A estos últimos la ciencia moderna los llama bacilos, microbios infecciosos y toda la sueroterapia y el tratamiento por tóxicos, aspiran sólo a su destrucción.

He ahí donde difiere el método Yoga y la Fisioterapia de la escuela alopática, pues con los medios naturales se trata de restablecer la salud fomentando la actividad de los elementos orgánicos bio-positivos, fortaleciendo el cuerpo y estimulando la energía vital.
Esta fuerza vital o llamémosla fuerza física, no es ya un mito toda vez que el eminente médico, Dr. Joire, ha inventado un aparato para precisarla y medirla; con este adelanto de la ciencia entra la fuerza vital al domino de la ciencia experimental positiva y exacta.
El instrumento ideado y construido por Joire está colocado sobre un pedestal cuya cima constituye un disco dividido como el aparato Fortín—Paraduc, en 360 grados. En el centro de la base del aparato hállase un eje de vidrio.
Una aguja, generalmente de paja, indica los grados sobre el disco, este indicador va traspasado por una punta de alambre que desciende hasta el fondo.
Uno de los brazos de la aguja, más corto que el otro, es cargado con un ligero contrapeso, casi siempre se usa algodón, que cuelga hasta abajo.
La plancha que forma el fondo está guarnecida por una pared de vidrio para resguardar la aguja de las influencias del aire.
El sujeto con que se pretenda medir la fuerza vital, debe dejar descansar su brazo sobre un cojín colocado cerca de la aguja, sin tocarla.
A los pocos minutos se ve atraerse aquella hasta marcar 15, 20, hasta 50 grados. En la comunicación presentada por Joire se ve comprobado hasta la evidencia que los resultados no pueden ser atribuidos de manera alguna al sonido, al calor, luz o electricidad.
Los experimentos han sido hechos hasta ahora generalmente en los hospitales de Francia, y Joire dice textualmente: "Des manífesíations que subit la forcé nerveiuse exteriorisée relativement a l'état de santé des sujets" y efectivamente, comprueban que un enfermo mientras va agravándose, el indicador cae, y con los progresos de la convalecencia sube. Lo más curioso es que los neurasténicos, y sobre todo aquéllos que sufren del estómago, no hacen marchar el aparato; entonces un colega, gran difusor del Hatha-Yoga y de la fisioterapia, los hace seguir un régimen, y sólo con los ejercicios respiratorios actúan sobre el instrumento. De manera que (me dirijo a Uds. falange interminable de neurasténicos) ya tenéis un remedio infalible; pero tiene para Uds. un grave inconveniente: no se vende en la farmacia, y el neurasténico necesita gastar; lo que hay tan abundante, tan barato ¿cómo va a servir? pero probadlo y dejaos de médico y botica: empezad los ejercicios respiratorios y veréis qué maravillosa curación obtenéis por vosotros mismos.
Ya han escuchado ustedes la parte, relativa al secreto de la respiración, pero aquello es insuficiente cuando nos hallamos enfermos.
Expliquemos de un modo absolutamente popular lo que es enfermedad y las causas que pueden producirla. La salud, sabemos, es, en términos generales, el funcionamiento regular de todas y cada una de las partes de las que se compone nuestro cuerpo. La Naturaleza nos ha dotado de órganos propios para la asimilación de los alimentos tanto sólidos, líquidos, como gaseosos. Por consiguiente, todos aquellos sabios que han comparado el cuerpo humano con un laboratorio químico, han dicho una de las grandes verdades que pueden comprender todas las inteligencias.
Ahora bien, cuando por una causa cualquiera como por ejemplo, temperatura o alimentación inapropiadas, se hace funcionar cualquiera de las partes del cuerpo con un trabajo anormal, el esfuerzo que este órgano nene que producir para llevar adelante una tarea inusitada se traduce en cansancio, dolor u otro trastorno, que rompe la regularidad de sus actos fisiológicos acostumbrados, y esto es lo que se llama enfermedad.

En términos generales, claro es que cuando las escorias de los alimentos no se han expelido, después de haber asimila; hoy el cuerpo lo que necesita para su vida regular, producen trastornos interiores y azolves en las vías de deshecho naturales, lo que inconcusamente, tiene que producir enfermedades.
Hace algún tiempo murió un sabio médico francés que había escrito muchas obras de medicina: al abrir su testamento para ver a quien dejaba sus manuscritos y los derechos editoriales, que podían producir grandes sumas se encontró la siguiente cláusula: "Quemad; de todo lo que he escrito, conservad sólo la tapa de una de mis obras y haced imprimir lo que he anotado al reversa de ella. Ávido de ver lo que allí se encontrara, se busco la tapa y he aquí lo que decía:
''Conservad la cabeza fresca, el vientre libre, los pies calientes y huid de los medicamentos".
!Tableau¡ se dijeron los herederos; pero esta sentencia es muy sabia: el primer concepto se consigue por medio de las respiraciones ya señaladas; el segundo, se cumple procurando evitar a toda costa los azolves, o sea la aglomeración o escorias, que dejan en nuestro cuerpo la asimilación y combustión. Para expelerles hay cuatro grandes conductos de desahogo que tiene nuestro cuerpo o sean: riñones y piel para los líquidos, intestinos para los sólidos, y boca para los gaseosos.
En la mayor parte de las enfermedades se reduce esto sencillamente a ayudarles a que funcionen.
Muchos que me escuchan esperarían algo más elevado, más científico, pues lo siento; si esto no es científico, sí es verdadero. Procurad seguirlo, los enfermos y obtendréis salud.

jueves, 15 de abril de 2010

La Ciencia del Prana o la Vida misma: I parte

Por: Dr. Arnold Krumm Heller (V:.M:. Huiracocha)
¿Que es la vida?
Contestar a esa pregunta sería revelar el enigma de la Esfinge, dar una resolución definitiva y precisa a ese problema de sujo tan inabordable: significaría la anulación de todas las ciencias conocidas hasta hoy, con sus miras especulativas y el derrocamiento de todos los misterios de las religiones.
Lo que han hecho todas las escuelas hasta ahora y lo mismo que podemos hacer con nuestros sentidos e inteligencia limitadas, es estudiar las manifestaciones de esa vida en sus distintos aspectos y, sin género de duda, si interesante y provechoso ese estudio bajo el aspecto o sentido cósmico, mucho más debe interesarnos el funcionamiento vital en el cuerpo humano o sea en su sentido orgánico.
La ciencia, en general, define la vida de la siguiente manera: "Ser el conjunto de manifestaciones en el cuerpo o también, el cambio constante entre los elementos del organismo y el medio ambiente".
''Hipócrates", el padre de la medicina, en su "Escuela pneumática", (pneuma, de la raíz griega que significa aliento), da precisamente como fundamento a sus teorías, que la vida tomó su origen en el aliento, o en la respiración. Más adelante veremos hasta dónde tiene razón el sabio antiguo.
Después de él, Galeno, dos siglos después de Jesucristo haciendo hincapié en las mismas teorías, establece una escuela que señala la vida en una forma más metafísica. En el siglo XVII tomó cuerpo la idea de la vida era el resultado de las funciones fisiológicas y químicas; teoría que impera en gran parte hasta hoy bajo la bandera de las escuelas positivistas o bajo la forma que en el siglo XVIII implantaron los franceses diciendo que el vitalismo, fuerza vital o fuerza hipérmecánica, es el resultado de la acción física y química de las sustancias orgánicas.
Por otro lado, se ha hecho de moda, buscando giros a las apariencias de sabiduría, negar rotundamente esta misma fuerza vital.
La Biología nos enseña que la vida es el funcionamiento del protoplasma o sean los procesos químicos y físicos en el mismo protoplasma.
Expliquemos primero lo que es el Protoplasma. No creo necesario entrar en grandes detalles, el público inteligente que me escucha no oye por primera vez este término, sabemos que el plasma o sarcode es lo que señalan como base física de la vida; su estructura es muy variada y señalamos primero el Hyaloplasma en su forma transparente, el spongioplasma cuando es esponjado; después diferenciamos Ectoplasma cuando se divide de la estructura periférica del endoplasma. Sus componentes químicos son: oxígeno, hidrógeno, carbono, ázoe, silicio, calcio, fosfatos, sodio, hierro, etc.
Basta abrir una enciclopedia del año pasado para cerciorarse cómo aún los hombres de ciencia, discuten sobre la formación de ese enigma; pero su existencia es un hecho, sólo falta aclarar y ponerse de acuerdo sobre la intimidad de sus procesos químicos y físicos.
La ciencia que se ocupa de esa difícil labor, es la Biología, y esa Biología nos muestra los componentes señalados y pretende ver en ellos mismos, la vida.
Dije, señores, que la "Biología nos enseña"; pero desgraciadamente como veis, en Biología pasa como en las otras ciencias: oscuridad, hipótesis y si algunos biólogos admiten lo expuesto, otros afirman cosas distintas: Vernow dice que el protoplasma líquido está constituido por una mezcla de substancias químicas que son las que le caracterizan, debiendo rechazarse la idea de una disposición ordenada de sus elementos constitutivos. Esas substancias químicas, albúminas vivas, que Von Pflúger distingue de las nuestras, y que llama "biógenas", destruyéndose y reconstituyéndose en la nutrición, dan origen a todas las energías de la vida.
En la edad moderna Bacon, Gasendi, Buffon, Youfíroy, Ahreus, Peisse, Barthelemy Saínt-Hilaire, Leveque, Bonchut, Garran, Laisset, Ubaghs, Gunter, Baitzer y, de un modo especial, la Facultad de Medicina de Montpellier, y particularmente el célebre Barthez, decano de la misma, siguieron las doctrinas de Hipócrates y sostuvieron que además del alma, existe en el hombre cierto principio vital, distinto de ésta, y a la vez, de la materia con cuyo principio se producen las operaciones de la vida sensitiva y vegetativa.
En el estado actual de nuestros conocimientos, dijo Barthez, los diversos movimientos que se verifican en el cuerpo vivo, deben referirse a dos principios diferente" cuya acción no es mecánica, y cuya naturaleza está oculta; uno de ellos es el alma que piensa, y el otro es el principio de vida.
Claudio Bernard dice: "el plasma es una especie de caos vital, que todavía no ha sido modelado, y en el cual está todo confundido, facultad de desorganizarse y de organizarse; por interés facultad de reaccionar, de moverse.
En total referente a este asunto, la ciencia está dividida en dos escuelas principales: organicista y vitalista.
Para los organicistas, como dice muy bien Farré, la simple sospecha de que el protoplasma resultase amorfo y por lo tanto, de que la explicación mecánica organicista de la vida se viera derrotada en sus más firmes baluartes, ha sido causa de que muchos investigadores, que sienten horror a la fuerza organigénica, alimenten la quimérica esperanza de encontrar en la composición química del protoplasma, la causa primordial de la vida siendo, en tal caso, la estructura una simple derivación.
Pero demos de barato que la química y la Biología lleguen a comprobar que en el componente del protoplasma reside la actividad y de ahí se deriven todas las demás manifestaciones de la vida orgánica, ¿nos daría con aquello la clave de los antecedentes que presidieron a la formación del mismo? Un sabio conocido, el cual me merece profundo respeto, en su Biología nos da la siguiente ley mecánica.
Los átomos en el éter compárense a esferas de madera de diferentes tamaños sumergiéndose en un líquido.
Las más grandes forman al hundirse un torbellino que atrae a las más pequeñas, de la misma manera que un barco al sumergirse atrae los botes que se encuentran próximos.
Los átomos químicos que componen el protoplasma, se precipitan unos sobre otros en virtud de esa formación de rampas etéreas, que son las que pueden compararse con las vorágines líquidas de que acabamos de hablar; Pero ¿nos satisface esa definición de los biólogos organicístas? Yo digo, No. Lo que es en sí la vida, es hasta hoy una hipótesis y al lado de la hipótesis biológica, que la vida es el cambio entre los elementos del organismo y el medio ambiente o los procesos químicos y fisiológicos en el protoplasma los ocultistas sostenemos que la vida es la esencia íntima y la causa de ese cambio señalado o de ese proceso químico o físico.
Pero estas son dos hipótesis. Analicemos cuál tiene más valor o más razón de ser.
Eliphas Levi nos dice: "hay varias clases de hipótesis: la hipótesis necesaria, la hipótesis razonable, la dudosa y la absurda". Para que mis queridos oyentes me puedan comprender les pondré un ejemplo gráfico:
Me escucháis esta conferencia y decís que yo la he escrito: esto es una hipótesis razonable; después, de deducirla podréis criticarla, estudiarla; podréis decir que me he inspirado en tal o cual obra, que los datos los he copiado de tal o cual autor, o que ya lo dijo Papus, etc., etc., todo aquello es una consecuencia lógica de una hipótesis razonable; pero también podréis decir que no he sido yo, sino otra persona, quien lo escribió; pero por de pronto no tenéis razón puesto que no es la primera vez que hablo, y muchas veces improvisado, y hacéis una hipótesis dudosa, y suponiendo el caso, puesto que es posible que tras de mí se oculte un secretario incógnito, falto de fuerza moral para presentarse personalmente, o un maestro astral, siempre debéis convenir que alguien, ya sea yo u otro, la haya hecho, ¿verdad? Eso es una hipótesis necesaria, forzosa; pero sí os antoja decir que este papel y esta tinta es la conferencia, o también, que estas ideas combinadas se unieron solas, o que todo esto me cayó del cielo, hacéis la misma hipótesis absurda como los biólogos que dicen que el protoplasma (tinta y papel) es la vida.
Y tan natural y tan lógica como se nos impone la hipótesis que alguien escribió esto, es la de los ocultistas: suponer y tratar de analizar una fuerza, que anima y dirige la composición y el funcionamiento del protoplasma.
Ahora, admitiendo la ley mecánica del Profesor aludido y sabiendo que toda ley mecánica no rige sino una manifestación de la fuerza cósmica, y al decir fuerza, cósmica se dice energía, y esta energía, es la onda divina que podréis llamar Dios o lo dios, el problema del protoplasma quedaría resuelto en estos términos. Algunos átomos de oxígeno, hidrógeno, carbono, ázoe, silicio, calcio, fueron conglomerados a impulsos de esa onda divina u onda de vida, como dice Papus, o como lo diré yo más adelante, la fuerza íntra-iónica, al actuar en el plano físico, y entonces formuláis la misma hipótesis razonable de los que suponen que alguien, o algo, hizo la conferencia.
Al tratar de Hatha-Yoga, debemos analizar el principio siguiente o Prana, que definí como cuerpo magnético, ánima vegetativa, la que según nuestra escuela, mueve el cuerpo físico y anima o dirige los procesos químicos y fisiológicos; pues bien, para poder profundizar ese principio debemos repetir algo respecto al Átomo, que ya vimos que se compone de Iones y descomponibles en Asniones y Cateónos; estos Iones están unidos entre sí por una fuerza que llamamos cohesión.
Faraday, el célebre físico inglés, nos dice:”Jamás los átomos se tocan; cada uno de ellos es el centro de una molécula etérea y en relación de sus tamaños están separados unos de otros como distan entre sí las estrellas del firmamento”. Igual sucede entre los Iones, de manera que ya no sólo se puede hablar de fuerza interatómica, sino de fuerza o energía intra-iónica; de suerte que para nosotros la fuerza de cohesión y repulsión o más bien, al equilibrio que resulta de ese fenómeno, llamamos energía intra-iónica y con este término, si no definimos la vida misma, por lo menos, la manifestación más íntima a que se podrá llegar.
Pero atengámonos aún al átomo. Cuando por medio del cálculo matemático se investiga la fuerza interatómica, se encuentra que cada átomo es un receptor o acumulador enorme de esas fuerzas o energías.
Si por algún medio físico o químico pudiéramos disociar la cohesión, sólo de algunos átomos, se pondría en libertad una cantidad de fuerzas tales, que conmoverían los continentes, y hasta el planeta.
En pequeño, las experiencias que se hacen con las materias explosivas nos dan una idea de esto. La piroxilina, uno de los explosivos más débiles que se conocen, al transformarse por la combustión pasando del estado sólido al gaseoso, aumenta 500 veces su volumen, desarrollando una fuerza de expansión proporcional al cuadrado de dicho aumento, y es de hacerse notar que en estos experimentos no se ha desasociado ni un sólo átomo; podemos decir que es un experimento microscópico en comparación de la fuerza que se obtendría si pudiéramos poner en libertad la energía interatómica.
Estos estudios sobre el átomo se han enriquecido por las observaciones del Dr. Spring, de Lieja.
Ese profesor, preparando una dilución de 0,0023 gramos de Fluorescina en 230 gramos de agua y observando que a la luz diurna aun existía una notable fosforecencia, siguió aumentando la dilución hasta 0,000.000.000.000.000.000, 003gr. y con aquello desapareció la hidrógeno, tenemos que el peso de un electrón positivo es de 0,000.000.000.000.000, 000,018, o sean 1,000 millones de millón de millones de electrones negativos hacen un gramo.
Hasta ahí llega el cálculo de Spring, que probablemente dista aún mucho de la verdad. Ahora, ese átomo es compuesto de un electrón positivo y de un negativo, que es un millón de veces más pequeño aún; es fácil imaginar cuántas fuerzas inhalamos con cada respiración, y en este fenómeno de respiración vamos a buscar el secreto de la vida.
Pues bien, hemos visto que en último término, estos electrones son los torbellinos de fuerza que obran sobre la materia visible; estas fuerzas son las que crean, animan y dirigen el Macrocosmos o universo, y en su rol en nuestro organismo o Microcosmos los denominan los hindúes, Prana y a las primeras, Jíva. Nosotros ya las hemos estudiado en relación con los fenómenos psíquicos, fuerza psíquica; con el cosmos, fuerza cósmica, y en el cuerpo humano las conocemos como fuerza física; también hemos dicho que la ciencia llegará a comprobar que calor, luz, electricidad, pensamiento, voluntad, no son sino una misma cosa, que viene a ser las vibraciones del éter, igualmente no debemos creer que fuerza psíquica, cósmica, o física sean cosas distintas: no son sino diferentes nombres de una misma cosa, que señalamos diferentemente según el medio del plano donde actúan o según la relación en que la estudiamos.
Al hablar del segundo principio del septenario de Bessant hemos citado a Paracelso que define esa substancia etérea, astral, compuesta de éter emanado del Sol y de los astros, que llama fuerza sideral, y los ocultistas Jiva, y al actuar en nuestro cuerpo, Prana; de manera que el problema de la vida sería en primer lugar, atraer por medio de la respiración todo lo que se puede de Jiva y convertirlo en Prana; esta primera forma se sutiliza en nosotros formando el cuerpo vital.
Los sabios antiguos reconocían al astro rey, cuando todas las mañanas sentían bañar nuestro hemisferio con sus torrentes de luz y vida, como la personificación de un enorme magnetizador universal, lo mismo que Flammarión en su obra "El fin del mundo" dice: “La vida sobre la tierra depende de los rayos solares; más, es sólo una transformación del calor del Sol”.
Este astro mantiene el agua en estado líquido y el aire en estado gaseoso; sin él todo sería sólido y muerto, él vaporiza el agua del mar, de los lagos, de los ríos, de la tierra húmeda; él es quien forma la nube, da nacimiento a los vientos, dirige las lluvias, rige la fecundidad circulatoria de los regadíos; es, gracias a esa luz y a su calor, que las plantas asimilan el carbono contenido en el ácido carbónico del aire para separar el oxígeno y retenerlo; las plantas, con eso, efectúan un inmenso trabajo.
La frescura de los bosques, en combinación con la sombra de sus hojas, que cada una forma un receptáculo de calor, nos da como producto la leña que calienta nuestras habitaciones, y entonces no hace otra cosa que volvernos ese calor que ha acaparado del Sol: cuando quemamos gas o carbón mineral, damos libertad a los rayos aprisionados durante millones de años, en los bosques de la época o período primario.
La misma electricidad es sólo una transformación de la fuerza solar. El sol es el origen de todo; es él quien murmura en el riachuelo, sopla en el viento, quien gime en la tempestad, quien florece en la rosa, y canta en el ruiseñor; él alumbra o chispea en el rayo, quien produce la tempestad y en fin, pues es el origen del hombre y de los pueblos, cantando en toda la sinfonía de la Naturaleza.
Y nuestro incomparable poeta en su Fausto, que encierra la clave de los altos misterios, pero que sólo los iniciados descubren, al referirse al Sol dice:
Suena en añejo ritmo su armonía
en la celeste esfera el sol sereno,
y exacto sigue la prescrita vía
con los potentes ímpetus del trueno.
Al ángel da vigor su llamarada
aunque no puede penetrar en ella:
como al salir sonriente de la nada,
es la obra de Dios aún sublime y bella.
Y la tierra, explendente de hermosura
con rapidez inconcebible gira,
y la luz del Edén pronto en obscura
noche trocada, apágase y expira.
Y en su lecho de rocas espumante
revuelve el hondo mar sus aguas locas,
y en el eterno círculo incesante
rodando van al par aguas y rocas.
Del mar la tempestad corre a la tierra
y de la tierra al mar vuelve rugiendo;
y en órbita fatal al mundo encierra
con fiero afán y encadenado estruendo.
Luto y desolación artera
anuncian al rayo en predicción sombría;
mas tu fiel mensajero, oh Dios, adora
la dulce marcha de tu hermoso día.


¿Quién no está de acuerdo en atribuir al sol toda la paternidad de la tierra y todo lo que existe en ella?, de ahí que algunos pueblos, como los Incas del Perú, llevaran su fanatismo, muy justificado, hasta saludarlo con oraciones y adorarlo como la primordial manifestación a Dios.
Sí, señores, al sol paga tributo desde la nieve de la montaña, hasta el metal que se esconde en las entrañas de la tierra; desde la gran ballena hasta el pequeño pólipo de los mares; desde el humilde musgo hasta el frondoso roble que adorna la vegetación, y desde el gran elefante hasta la más pequeña hormiga sobre la tierra;
Porque el sol es el centro alrededor del cual giran los planetas y los seres animados: el sol es la vida, es el regenerador de cuanto existe!
Si admitimos la vida universal y si concebimos, dada esa armonía tan maravillosa, una conciencia universal, ¿por qué hemos de negar que ella, al manifestarse en los seres animándonos a llamarla conciencia vital consciente, es capaz, ya que nos dirige, de curarnos de nuestras enfermedades?
Si admitimos con los antiguos un septenario en cuya cima impera Atina, que es la partícula divina que existe en nosotros, alrededor de la cual giran los procesos químicos, fisiológicos y cósmicos y que irradia todo, debemos esperar, como dice el colega Carbonel, que el día que la ciencia conozca todas las propiedades de la luz solar, no nos dirá ya empíricamente que la vida sea una producción particular de cada organismo, ni tampoco que es una propiedad intrínseca de la célula orgánica, sino que tendrá que aceptar forzosamente que la luz es viviente y que, en suma, la influencia solar y la fuerza vital son términos perfectamente convertibles.
Se ha repetido en varias ocasiones que el libro más interesante, a veces difícil de leer, pero que otras veces nos habla con una claridad silábica, es el libro magno de la Naturaleza: observémoslo en su página referente al microcosmos o cuerpo humano.
Un enfermo abandonado, allí en el campo, sin recursos-médicos, como están los felices anímales, sana de una enfermedad por sí solo; ¿quién lo sanó? La naturaleza del mismo o la fuerza vital consciente, curativa y propia del organismo.
Andando por la calle se nos introduce un cuerpo extraño a la nariz e irrita la mucosa; instantáneamente sobreviene un estornudo y lo expulsa.
Un pedacito de carbón se nos introduce en el OJO; inmediatamente la glándula lagrimal inunda el OJO para lavar y arrojar hacia afuera el cuerpo extraño que lo molesta. Una astilla introducida en un dedo es arrojada por el pus.
Un niño que fuma por primera vez recibe su castigo en forma de vómitos y de mareo, pues el estómago al recibir la nicotina no la tolera y trata de arrojarla.
Balas recibidas en el campo de batalla, que por medio de operaciones quirúrgicas no pudieron ser extraídas, se han encontrado, después de muchos años, envueltas por una cápsula de tejidos fibrosos encarceladas, completamente inofensivas; pero donde llega nuestro asombro a su colmo y donde vemos con una claridad patente la fuerza y reacción vital, es en la obra de la fagocitosis, nombre con que señalamos la propiedad que tienen los glóbulos blancos, de destruir un gran número de microbios, como son los estreptococus aurios y albus y una enorme diversidad de gérmenes nocivos. Aquellos seres parecen conscientes, pues como un ejército al toque de ataque se lanzan a una batalla encarnizada, como impulsadas por un grito: vencer o morir; y resultan vencedores o vencidos, según el poder vital o quimio-táxico de la célula.
Leed, señores, las nociones Anatomo-fisiológicas de mi ínclito amigo, el Doctor Juan N. Arriaga, para ver qué ciudad tan maravillosa es el cuerpo humano; esa correlación tan sublime y admirable que nos pudiera servir de ejemplo para fomentar la solidaridad universal: órganos lesionados o inutilizados son ayudados por otros de iguales o semejantes funciones: el pulmón que está encargado de introducir el oxígeno en la sangre y de expeler el ácido carbónico y el nitrógeno, cuando por cualquiera causa la sangre no recibe ese elemento de materiales azoados por las vías digestivas, el pulmón se lo proporciona.
Un riñón en sus trabajos es reemplazado por otro; en fin el organismo busca todos los medios apropiados de defensa y de reacción curativa. Ese hecho se observa en todos los seres animados y si los animales están provistos de ese medio, cuánto más lo debe estar el hombre, como lo impone su privilegio; pero ¿resulta predilecto? No, desgraciadamente.
Si por riguroso ascenso en la escala zoológica buscamos la proporción que existe en la duración de la vida y la edad en que llega a su mayor desarrollo, encontramos que esta relación es como de 1 á 10, por ejemplo:
El gato llega a su mayor desarrollo al año y vive 15; el caballo a los 4 y vive 30; la oveja a los 2 y vive 20; el loro a los 2 y vive más de 100 años; de manera que los animales viven 10 veces más que el tiempo que han necesitado para su desarrollo. Deduciendo conforme a estos antecedentes, el hombre, rey de la creación o animal intelectual, debiera vivir 200 años, pues su perfeccionamiento lo adquiere a la edad de 20.
Hipócrates vivió 109 años, José Surrigton, como cita Ballestero, que murió en Bergen en el año 1798 a la edad de 160 años, lleno de vigor mental y físico, dejando una serie de hijos de los cuales el mayor, vivo, tenía 103 y el menor 9 años. El inglés Are vivió 152; una francesa, María Piou, que falleció en 1837, alcanzó 158 años; Cristian Graukeuber 146. Hace pocos años murió el químico francés Crevreul a los 103 años con sus facultades intelectuales y físicas completamente buenas.
En la iglesia de Caír, condado de Glasgow, hay una lápida que dice: "Aquí yacen los restos de Guillermo Edwars, natural de Cair, que falleció a la edad de 168 años". Mi paisano, el alemán Tomás Cams, vivió a la edad de 207 años, y en el convento peruano conocí a un lego de 110 años y está como si tuviera 80.
El sabio Heler recogió datos de más de 1,000 personas que pasaron de 110 años, de los cuales 29 murieron a los 120; 19 a los 130; 6 a los 140 y algunos entre 140 y 150; además el diario "El Imparcial", hace algunos días, nos dio cuenta de un hombre que vive en uno de los Estados del Norte y que llega a los 139 años.
¿Por ventura las leyes de la naturaleza, que precedieron a la longevidad de esas personas, no pueden repetirse, y sí estudiamos las manifestaciones de la vida en su estado más íntimo y metodizamos las reglas que en el caso se imponen, no pueden generalizarse?
Seguramente que sí.

viernes, 9 de abril de 2010

Composición Esotérica Del Hombre y sus Remedios

Los Grandes iniciados de Oriente y Occidente conocen a fondo la anatomía humana. A los textos de anatomía oficial les falta la anatomía de los cuerpos internos del hombre, que es séptuple en su constitución orgánica. Cada órgano es, por consiguiente, séptuple en su constitución interna. He aquí los siete cuerpos del hombre:

1- Cuerpo físico.
2- Cuerpo vital
3- Cuerpo astral.
4- Cuerpo mental.
5- Cuerpo de la voluntad.
6- Cuerpo de la conciencia.
7- SPIRITUS (el INTIMO).

El insigne Maestro Paracelso los determina así:

1- El Limbus.
2- La “Mumia”.
3- El Archeous.
4- Cuerpo Sideral.
5- Adech (el hombre interno o cuerpo mental, hecho de la carne de Adán).
6- Aluech.
7- Cuerpo del INTIMO.


Estos son siete organismos de distintas materias o grados de sutilidad, que cualquier profesor de medicina podría percibir si desarrollara la clarividencia con los procedimientos que se dan dentro de La Ciencia Médica Gnóstica.

Un estudio de Anatomía para que sea completo tiene que abarcar en su conjunto los Siete Cuerpos del hombre en todas sus interrelaciones.

Emmanuel Kant, el gran filósofo alemán, admite ese “Nissus Formativus”, cuerpo astral, “Lingam Sarir”a de los teósofos.

Estos distintos cuerpos internos del hombre, obran sobre nuestras glándulas endógenas y sobre nuestras hormonas. Y no se puede ser médico sin conocer a fondo ese “Nisus Formativus” de que nos habla Kant.

El doctor Krisch concluyó que el olfato, la vista, el oído y demás sentidos del hombre, funcionan mediante oscilaciones electromagnéticas.

Lakosky, el gran sabio ruso, fundador de la teoría emanatista, llegó a la conclusión de que todo irradia y de que todo es energía.

Es absolutamente imposible ser médico en toda su acepción sin ser clarividente y sin haber estudiado la anatomía, biología y patología de todos los siete cuerpos del ser humano.

El Maestro Paracelso, dice: “Hay dos especies de carne, la carne de Adán (el cuerpo físico) es la carne terrestre, grosera. La carne que no se deriva de Adán es de una especie sutil. No está hecha de materia grosera, y penetra en todas las paredes sin necesidad de puertas o agujeros, sin embargo, ambas especies de carne tienen su sangre y sus huesos y ambas difieren también del espíritu.” (Paracelso - De Nymphis).

Estos cuerpos energéticos internos del hombre son organismos materiales, que el médico tiene que conocer a fondo para diagnosticar las enfermedades sin fallar, sin cometer torpezas.

De nada sirve conocer la química oficial si no se conoce la “química oculta”. De poco serviría conocer la biología exterior si no se conoce la biología interna de los siete cuerpos del hombre. Lo propio ocurriría conocer solamente la Anatomía “externa”, si se desconoce la Anatomía “interna”. Baldío sería el estudio teórico de la Bacteriología sin un microscopio de laboratorio.

Es absurdo estudiar medicina sin haber desarrollado la clarividencia positiva, que nos permita ver y palpar los siete cuerpos del hombre.

Los medios de diagnosis de la ciencia oficial son insuficientes y, por esta causa, la mayor parte de los pacientes mueren y no se sabe de qué enfermedad.

El indio Jerónimo Montaño colocaba una bola de vidrio en la nuca del enfermo, y a través de ella veía el organismo mejor que con Rayos X. Y cuando era menester diagnosticar a un paciente distante, bastábale humedecer la esfera de vidrio con ron y envolverla en la ropa del enfermo. De esta singular manera conocía la enfermedad y la diagnosticaba con certeza.

En cierta ocasión, dos escépticos le llevaron el sombrero de un muerto para que el indio Jerónimo les dijera a quién pertenecía. Tomó éste el sombrero entre sus manos e invitó a los dos escépticos a entrar en su consultorio. Luego con voz recia les dijo: “Aquí está el dueño del sombrero”. Los dos sujetos cayeron desmayados al ver sentado en una silla al mismo difunto del experimento.

De un devocionario Lamáico copiamos la siguiente oración, mencionada por Krum Heller: “Flores sublimes, escogidos rosarios de florecillas, música y ungüentos de deliciosa fragancia, luces esplendentes y los mejores perfumes traigo a los victoriosos (los Budas); magníficas túnicas y extrafinos perfumes, saquitos llenos de pebetes partidos, iguales en número a las montañas del “Mirú” y todas las más lindas creaciones, traigo a los victoriosos”.

Frhr. Von Perckammer pintó un cuadro, mencionado por el doctor Krumm Heller, en el que aparece un Lama en el patio del Yungho-Kung en el templo de la eterna paz, presagiando junto a un incensario.

En el convento Lama de las cien mil imágenes de “Maitreia” nunca faltan los perfumes. El doctor Rudolf Steiner afirma que el empleo de los perfumes para la curación de las enfermedades tenía un pasado remotísimo y un espléndido porvenir. Leadbater dice que nuestros pecados y culpas repercuten en el cuerpo Astral y que pueden ser eliminados por la acción de ciertos perfumes. Cada vicio tiene sus larvas que se adhieren al cuerpo Astral, y sólo desintegrando esas larvas por medio de ciertos perfumes se logra la curación total de esos vicios.

Estatuas de Buda hecha con madera olorosa del sándalo, existen en Pekín, en Tibet y en el claustro Mongólico Erdoni “Dsu”. Estas estatuas se llaman “Dscho” (escrito “je”) por abreviación de “jebe” esto es del Señor o Maestro. Las hay en Lassa capital del Tibet.

“Tsschima-Purma” es el nombre de ciertas bolas de paño llenas de hierbas aromáticas que tibetanos y mongoles cuelgan de los techos de sus templos para fines curativos.

Krumm Heller nos habla en uno de sus libros del Lama Rintschen, que practicaba en Berlín. Trajo sus esencias del Tibet y jamás compró una droga siquiera. Su misión era velar por la salud de los mongoles domiciliados, según nos cuenta Huiracocha.

Los severos estudios de medicina Himaláyica y Trans-Himaláyica, incluyen la ELEMENTOTERAPIA, la OSMOTERAPIA, la anatomía de los siete cuerpos y la astrología y Química ocultas. Todo médico Lama es clarividente, y realmente no se puede ser médico sin ser clarividente. Oídlo señores de la medicina oficial.

El diagnóstico por percusión y auscultación, y el modo de caminar y moverse un ciego, son análogos. Usar el tacto para poderse orientar en un diagnóstico, es absolutamente inseguro y pueril. Los médicos Arhuacos y Lamas no necesitan para nada de estos anticuados métodos de diagnóstico de la medicina oficial, propios para ciegos. Ellos tienen desarrollado el sexto sentido, la clarividencia, y pueden ver directamente las causas de la enfermedad y sus efectos en los cuerpos internos.

En las selvas profundas del Amazonas hay una ciudad subterránea donde moran algunos Yoguis Occidentales. En esa misteriosa ciudad se aguardan celosamente los sagrados tesoros de la sumergida Atlántida. Esos sabios médicos Yoguis son los celosos guardianes de la antiquísima sabiduría médica.

En las selvas espesas de California existe también otra misteriosa ciudad, que no podrá ser descubierta jamás por los civilizados del siglo XX. Aquí mora una raza sobreviviente de la vieja Lemuria. Esta raza es la más antigua depositaria del precioso tesoro de la sabiduría médica.

En Centro América existen de la misma manera varios santuarios de medicina, fundamentada en el “arte regio” de la Naturaleza. Y no escasean en el mundo entero sitios secretos donde se estudia y cultiva la sabiduría médica, que otrora el hombre conoció cuando todavía actuaba fuera de la atmósfera viciada de la vida urbana.

domingo, 4 de abril de 2010

Carta a un médico de la Nueva Era

No cabe duda de que el médico ordinario de nuestra época ocupa por lo común una posición mucho más elevada de la que ocupaba el médico ordinario de los últimos siglos en que la sabiduría de los antiguos se había convertido en verdad olvidada, y estaba en su infancia la ciencia moderna. Aunque había aún durante la edad media médicos que tenían gran penetración y profundo conocimientos de los misterios de la Naturaleza, penetración y conocimiento que la profesión moderna en su lenta evolución puede llegar o adquirir en algún siglo futuro, la medicina popular de aquellos tiempos era una mezcla de ignorancia y charlatanismo, de la cual quedan todavía muchos ejemplos.
Tocante o los médicos de esta clase dice Paracelso: “Hay entre ellos muchos que no tienen más objeto que el de satisfacer su codicia, de manera que tiene uno que avergonzarse de pertenecer o una profesión en la cual ocurren tantos fraudes. Especulan con la ignorancia de la gente, y el que logra acumular la mayor cantidad de dinero, engañando al público, es considerado como el médico principal. Ya no se conocen el amor recíproco ni la caridad, y la práctica de la medicina se halla degradada hasta el rango de una profesión ordinaria, en la cual, el único objeto es sacar tanto dinero como se pueda, y los que saben embaucar y meten más ruido, tienen mejor éxito en defraudar al mundo; pues en tanto que el mundo esté lleno de necios, el mayor de ellos, necesariamente dominará o los demás, si logra hacerse notable” (“Defensio”, V.).
No tiene la culpa la ciencia médica si existe semejante estado de cosas, porque es uno de los atributos de la naturaleza animal del hombre, y dejamos al observador inteligente el juzgar esta naturaleza ha cambiado mucho desde el tiempo de Paracelso, o si hay todavía una hueste de charlatanes, autorizados o no, que han escrito en su bandera el lema Mundus vult decipi, ergo decipiatur. Es cierto que la ciencia oficial ha adelantado en el curso de este siglo[1]; pero los adelantos meramente intelectuales no le hacen necesariamente sabio: los mayores bribones han sido hombres muy intelectuales sin espiritualidad. La sabiduría consiste en el reconocimiento propio de la verdad, y hay muchos que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2).
Este conocimiento espiritual no pertenece o las facultades de la naturaleza intelectual inferior del hombre, sino o su naturaleza superior, únicamente, y es por tanto de mayor importancia que el desarrollo de esta naturaleza superior reciba más atención de la que recibe hoy día. Para este objeto, es por completo insuficiente el mero adelanto en moral o ética. La moralidad es el resultado del raciocinio; la Espiritualidad es el poder superior debido o la manifestación de la auto-conciencia en un plano superior de existencia, la iluminación de la mente y del cuerpo del hombre por el poder y la luz del espíritu que llena el alma. Cuando la espiritualidad se vuelva substancialidad en el hombre, sólo entonces será su conocimiento de especie substancial.
Esta substancialidad espiritual, o, en otras palabras, la realización del más elevado ideal, es la obra de la evolución gradual del género humano, la cual, como lo decían los antiguos alquimistas, “puede necesitar millares de siglos para efectuarse; pero que puede también llevarse o cabo en un momento”. No es un producto del trabajo del hombre, sino del descenso de la luz de la verdad divina, la “gracia de Dios” que llega o todo aquel que está preparado para recibirla. No depende por tanto del que uno quiera o corra (3), sino de la acción del espíritu del verdadero Yo divino que siempre está procurando manifestarse en el hombre.
Este desarrollo interior no es el resultado de la adquisición de cualesquiera teorías respecto o la naturaleza de la constitución del hombre; sino que se efectúa venciendo los elementos inferiores de su naturaleza, por medio de lo cual puede manifestarse su naturaleza superior. Pero debería conocer teóricamente su propia constitución y la naturaleza de los poderes superiores que en él existen, con el objeto de tener interés y aptitud para emplearlos de una manera inteligente, persiguiendo el propósito de vencer su naturaleza inferior (el conjunto de agregados psicológicos).
Estos son los elementos de aquella ciencia superior que el médico del porvenir tendrá que aprender, primero teóricamente y luego en su aplicación práctica. Sin el reconocimiento espiritual de los principios fundamentales de la Naturaleza, el procurar descubrir los misterios del ser desde un punto de vista superficial, es lo mismo que vagar en una espesa niebla. Equivale o buscar desde la periferia de una esfera de extensión desconocida, un centro cuya situación no se conoce; pero si tenemos un concepto correcto acerca de la situación de aquel centro resplandeciente, su luz obrará como una estrella que nos guiará en nuestros viajes o la aventura o través de las nieblas que llenan el dominio de los fenómenos.
La ciencia viene del hombre; la sabiduría pertenece o Dios. Hay muchas ciencias; la sabiduría es única. Es preciso cultivar las ciencias, pero no se debe descuidar la sabiduría, porque sin ella ninguna ciencia verdadera puede existir. “Nada (verdadero) es nuestro; no nos pertenecemos, sino que pertenecemos o Dios.
Por tanto debemos procurar encontrar en nosotros lo que es de Dios. Es suyo y no nuestro. Ha hecho un cuerpo para nosotros, y nos ha dado vida y sabiduría además, y de ellos proceden todas las cosas. Deberíamos procurar conocer el objeto de nuestra existencia y la razón porqué el hombre tiene un alma, y saber qué es lo que Dios quiere que haga. El estudio del hombre (terrestre) no revelará nunca el secreto y objeto de su existencia, ni la razón por qué está en el mundo; pero una vez que conozcamos o su creador, conoceremos también las cualidades de su hijo, pues aquel que conoce al padre conoce también al hijo, porque el hijo hereda la naturaleza del padre. Cada hombre posee la misma suma de verdad que Dios le ha dado; pero no reconoce cada uno lo que ha recibido. El que duerme no sabe nada; el que lleva una vida ociosa no conoce el poder que está en él y desperdicia su tiempo. El hombre es tan grande y noble que lleva la imagen de Dios, y es heredero del reino de Dios. Dios es la suprema verdad, y el diablo la suprema falsedad. La falsedad no puede conocer o la verdad. Por tanto, si el hombre quiere entrar en posesión de la verdad, es preciso que conozca la sabiduría que ha recibido de Dios. La habilidad pertenece o la naturaleza animal, y tocante o muchas adquisiciones científicas, los animales son superiores al hombre; pero el entendimiento es un despertar que no puede ser enseñado por el hombre.
Lo que una persona aprende de otra no es nada o menos de que llegue el despertar. Un preceptor no puede infundir conocimiento en su discípulo; puede tan sólo ayudar en el desarrollo del conocimiento que ya está en él” (“De Fundamento Sapientiae”, I).
La sabiduría es reconocer o Dios. Dios es la verdad; el conocimiento del verdadero yo de uno mismo es sabiduría divina. Aquel que conoce su Yo Verdadero, conoce los poderes divinos que pertenecen o su Dios.
“Dios es Sabiduría. No es un sabio ni un artista, es por sí mismo absoluto, pero toda sabiduría y todo arte proceden de él. Si conocemos o Dios, conocemos también su sabiduría y su arte. En Dios todo es uno y no hay partes. El es la unidad, el uno en todas las cosas.
Una ciencia que se ocupa tan sólo con una parte del todo, y pierde de vista el todo al cual pertenece la parte, es inútil y no posee la verdad. Aquel que no ve en Dios nada, sino la verdad y la justicia, ve correctamente. Toda la sabiduría pertenece a Dios; lo que no es de Dios es ilegítimo. Por tanto, caen los reinos de este mundo, se cambian los sistemas científicos, perecen las leyes hechas por los hombres, pero el reconocimiento de la verdad es eterno. Aquel que no es hijo ilegítimo de la sabiduría, sino hijo legítimo del padre, posee la sabiduría. Esta consiste en que vivimos los unos respecto de los otros como viven los ángeles; y si vivimos como los ángeles, ellos vendrán o ser nuestro propio yo, de modo que nada nos dividirá de ellos, sino la forma física; y así como toda sabiduría, todo arte está con los ángeles, así sucederá con nosotros. Los ángeles son los poderes por medio de los cuales se ejecuta la voluntad de Dios. Si la voluntad de Dios se ejecuta por medio de nosotros, nosotros mismos seremos ángeles. La voluntad de Dios no puede ejecutarse por medio de nosotros o menos que seamos según la voluntad de Dios. Un tonto, bobo o avaro, no son según la voluntad de Dios: ¿cómo podría ejecutarse por medio de ellos esta voluntad? De muy poco sirve creer que Salomón era sabio, si no somos sabios nosotros mismos. No hemos nacido con el objeto de vivir en la ignorancia, sino que debiéramos ser como el Padre, a fin de que el Padre se reconozca en su hijo. Hemos de dominar o la naturaleza y no la naturaleza o nosotros. Esto se dice del hombre angelical (Buddhi) en el cual viviremos y por medio del cual veremos que es de Dios todo nuestro obrar y dejar de obrar, toda nuestra sabiduría, todo nuestro arte”. (“De Fundamento Sapientiae, II”).
Todo esto, sin embargo, será incomprensible para aquél o quien Paracelso llama con razón “tonto Científico”, el cual lo censurará de absurdo, porque la sabiduría de que habla aquí Paracelso no es el intelecto de la mente terrestre, sino el entendimiento de la mente celestial. Es aquel poder raro del autoconocimiento espiritual que no puede enseñarse con palabras, sino que es el resultado de un desenvolvimiento interior de las facultades del alma. El verdadero médico no es un producto de las escuelas científicas; él llegó o serlo por medio de la luz de la sabiduría divina misma.
“El hombre tiene dos entendimientos: la razón angélica y la razón animal. El entendimiento angélico es eterno; es de Dios y permanece en Dios. El intelecto animal tiene también su origen de Dios y dentro de nosotros mismos; pero no es eterno, pues el cuerpo animal perece y su razón perece con él. Ninguna facultad animal queda después de la muerte; pero la muerte solo consiste en que muere lo que es animal y no lo que es eterno”. (“De Fundamento Sapientiae”, II.).
La palabra “wisdom” (sabiduría) (4) se deriva de vid, ver y dom, juicio. Se refiere por tanto o lo que se ve y se comprende, y no o opiniones o teorías derivadas de la inferencia, o basadas en las aserciones de otros. No es el producto de la observación y especulación, memoria o cálculo, sino que resulta del crecimiento interior, y todo crecimiento viene de la nutrición. Así como el intelecto se ensancha por medio de adquisiciones intelectuales, así también la sabiduría divina en el hombre crece absorbiendo el nutrimiento que recibe de la Sabiduría Divina.
“Toda cosa es de la misma naturaleza que aquello de lo cual ha procedido. El animal en el hombre es nutrido por el alimento animal, el ángel en él por el alimento de los ángeles. El espíritu animal pertenece o la mente animal, y en la mente animal del hombre se hallan todas las potencialidades que las diferentes clases de animales poseen separadamente. Se puede desarrollar en un hombre el carácter de un perro, de un mono, de una serpiente, o de cualquier otro animal; porque en su naturaleza animal no es nada más que un animal y los animales son sus instructores y le exceden de muchas maneras, los pájaros en el canto, los peces en la natación, etc. El que sabe muchas artes animales no es con todo más que un animal o una casa de fieras; sus virtudes, lo mismo que sus vicios, pertenecen o su naturaleza animal. Sea que tenga la fidelidad del perro, el afecto matrimonial de la paloma, la mansedumbre del carnero, la habilidad del castor, la brutalidad del buey, la voracidad del oso, la avidez del lobo, etc., todo esto pertenece o su naturaleza animal; pero hay en él una naturaleza superior de carácter angélico que no tienen los animales y este ser angélico requiere aquel alimento que viene de arriba y que corresponde o su naturaleza. Por el espíritu animal oculto de la naturaleza, crece el intelecto animal; por la acción misteriosa del espíritu angélico crece el hombre supra – terrestre, pues el hombre tiene un padre que es eterno y para él tiene que vivir. Este padre le ha colocado en un cuerpo animal, no para que sólo viva y permanezca en él, sino o fin de que lo domine con vivir en él”. (“De Fundam.Sap.”, III.).
La mente humana, llena de presunción y orgullosa con sus posesiones efímeras, es completamente incapaz de concebir la naturaleza de la mente angélica, o de formarse una idea de la magnitud de sus poderes; tampoco puede comprender la verdadera significación de un lenguaje que trata de las cosas que pertenecen o la naturaleza superior, y cree que no es más que ilusión y sueño.
“La vanidad de los eruditos no viene del cielo, sino que la aprenden los unos de los otros, y sobre esta base edifican su iglesia”. (“De Fundam, Sap.” Fragm).
“La fe sin las obras es muerta”, y como hablamos de cosas espirituales, la “obra” que la verdadera fe requiere es de carácter espiritual, es decir, acción, crecimiento y desarrollo espiritual. Una fe sin substacialidad es tan sólo un desvarío; una ciencia sin conocimiento verdadero es una ilusión; un deseo meramente sentimental, sin ningún ejercicio activo para alcanzar la verdad, es inútil. Aquel que viva en tales desvaríos y fantasías acerca de ideales que no se esfuerza nunca en realizar, sólo sueña en tesoros que no posee. Es como uno que desperdicia el tiempo estudiando el mapa de un país en que pudiera viajar, pero que no se pone nunca en camino. Una religión meramente ideal, que nunca se realiza y que no nutre substancialmente al alma, es tan sólo imaginaria y no sirve más que para divertir; una ciencia que no se emplea prácticamente, no pasa de ser una teoría infructuosa, que sirve o lo más para satisfacer la curiosidad animal.
La obra que la Fe requiere, es un continuo Sacrificio de Si Mismo, lo cual quiere decir un esfuerzo continuo para dominar la naturaleza animal egoísta; y esta victoria de lo superior sobre lo inferior no es efectuada por lo que es bajo, sino que no puede efectuarse más que por medio del poder del Amor divino, o sea por medio del reconocimiento de la naturaleza superior en el hombre y su aplicación práctica en la vida ordinaria. De esta clase de amor habla el gran místico del siglo XVII, Juan Scheffler, el cual dice:
“Muy ruidosa es la fe sin el amor, Suena más el tonel si está vacío.”
Sin la aplicación práctica, todas las virtudes no son más que desvaríos y no pueden convertirse en poderes substanciales, ni emplearse como tales.
Dice Shakespeare: “Buen teólogo es aquel que practica lo que enseña.” (“El Mercader de Venecia”).
Pero en la actualidad son muy raras semejantes personas, pues el mundo vive ahora tan solo en desvaríos. Hay “teólogos” que nada saben acerca de Dios; “médicos” que ignoran la medicina; “antropólogos” que desconocen la naturaleza del hombre; “abogados” que no tienen sentimiento de justicia; “filántropos” que reducen sus empleados o la mendicidad; “cristianos” que no conocen o Cristo.
En cada esfera de la vida lo externo se toma por lo interno, la ilusión por la realidad al paso que la realidad permanece sin realizarse y, por tanto, desconocida.
Una ciencia superficial no puede ocuparse más que de las causas y efectos superficiales, por más profundamente que penetre en los detalles de semejantes superficialidades. Los poderes misteriosos de la naturaleza, las fuerzas inteligentes en el hombre, son ahora casi enteramente desconocidos, y no hay otro medio de penetrar en los más profundos secretos de la naturaleza que por el desarrollo de la naturaleza superior del hombre.
En los tiempos antiguos el médico era considerado sagrado y pertenecía al sacerdocio – no o un sacerdocio establecido tan sólo por los hombres, sino o un sacerdocio fuerte y verdadero consagrado por Dios-. El médico del porvenir será también un rey y sacerdote; pues únicamente aquel que no es divino tan sólo de nombre, sino también de hecho, puede poseer poderes divinos. En él la pirámide triangular compuesta de la ciencia, la religión y el arte, culminará en un punto, llamado Auto – conocimiento o Sabiduría Divina, en el cual se identifica el hombre con aquella luz é inteligencia superior – su Yo Verdadero, su Real Ser – de cuyo rayo su personalidad es vehículo, imagen y símbolo.
Antes de que la humanidad pueda llegar o esta cumbre de perfección, tiene que recorrer un camino largo y pesado; y la meta es tan lejana que sólo unos pocos son capaces de verla, al paso que para otros será un ideal aparentemente imposible de realizar, cual montaña cuya cima se pierde inconcebible en las nubes, pero existe el ideal y las nubes que nos impiden verlo son nuestros propios errores y conceptos equivocados. A nosotros nos toca disiparlos.
Por el grado de percepción que hemos recibido ya y la suma de verdad que nos hemos asimilado, está en nuestro poder dominar la obscuridad y abrir nuestras mentes o la luz misma, no podemos crearla ni manufacturarla; no es el producto de nuestros cálculos, influencia y teorías. La verdad existe por sí misma y es eterna; puede percibirse, mas no puede hacerse.
La razón porque tan pocos comprenden el significado del término “autoconocimiento”, es en que, el conocimiento que se obtiene en nuestras escuelas, es exclusivamente artificial. Leemos lo que otros hombres han creído y sabido, y nos imaginamos que lo sabemos. Nos llenamos la mente con pensamientos ajenos y nos falta tiempo para pensar por nosotros mismos. Procuramos llegar o convencernos de la existencia de este o aquel objeto por medio de argumentos é inferencias, en tanto que rehusamos abrir los ojos y ver por nosotros mismos esa cosa acerca de cuya existencia argüimos. Por eso, bajo un punto de vista teosófico, hemos de parecer o un ser superior, como una nación de gentes que, con los ojos cerrados arguyesen acerca de la existencia del sol y que no pudiesen o no quisiesen verlo por sí mismos.
No hay más que un camino para llegar al auto-conocimiento, y es la de la Experiencia. Por experiencia exterior alcanzamos el conocimiento de las circunstancias externas; por la experiencia de los poderes internos alcanzamos el conocimiento interno de los mismos. SABER SIGNIFICA EN REALIDAD SER. Con volvernos materiales aprendemos las leyes que rigen la materia; con volvernos espirituales aprendemos las leyes del espíritu; nuestra voluntad está libre para guiarnos hacia una ú otra dirección. No podemos conocer la verdad de otra manera que convirtiéndonos en verdad, ni la sabiduría, sino volviéndonos sabio.
Podemos conocer cualquier poder externo o interno, sea el calor o la luz, el amor o la justicia, tan sólo por medio de los efectos que experimentamos de su acción sobre nuestro yo o dentro de él.
En su condición actual, la vida del hombre se parece o un sueño, y los sueños de la humanidad como un todo, no menos que los de cada individuo, se repiten una y otra vez.
Van y vienen y vuelven, apareciendo quizá en formas diferentes, como las nubes que al moverse en el cielo toman diferentes formas, pero representando las ilusiones antiguas, mientras que arriba de ellas, invisible y desconocida, resplandece la luz de la verdad eterna é inmutable, cuya presencia puede sentirse, lo mismo que los rayos calientes del sol que penetra las nubes, pero es preciso verla para conocerla. El templo de la naturaleza está abierto o todo aquel que puede entrar en él; su luz es gratuita para todo aquel que pude ver; todas las cosas son manifestaciones de la verdad, pero para percibirla es menester que esté presente en nosotros. Lo que nos impide entrar en el templo de la naturaleza, de ver la luz y percibir la verdad, son las sombras que nosotros mismos hemos creado. El verdadero objeto de las luces encendidas por la ciencia, no es revelar la verdad – la cual no necesita ninguna luz artificial para verse, siendo muy suficiente su propia luz para este propósito – sino para destruir las tinieblas que nos impiden ver la verdad. A nadie se le ocurriría examinar el sol con la luz de una vela; pero la vela puede guiarnos en el obscuro laberinto de la materia hasta la puerta que se abre en la superficie, donde, al ver la luz del sol, no se necesita ya ninguna ayuda artificial. Pero del mismo modo que, al buscar nuestro camino por una galería subterránea, el mejor guía es la luz que brilla o lo lejos en la entrada, así también la percepción de la verdad en el corazón, es el único guía de que podemos fiarnos en el laberinto de las ilusiones siempre variables.
Por brillantes que sean todas las luces científicas en las cuales no se refleja la luz de la verdad eterna, no son más que otros tantos fuegos fatuos que extravían al viajero. Todas las teorías é hipótesis científicas que no se basan en el reconocimiento de la constitución interior del hombre y niegan su origen supraterrestre, están fundadas en un concepto erróneo de la verdad. Semejantes opiniones están continuamente sujetas o cambiar, y no existe hoy día ninguna teoría nueva de esta especie que no haya existido antes en alguna forma parecida. Empero la verdad misma es independiente de estas opiniones; ha existido siempre y ha habido siempre algunos que eran capaces de reconocerla, y otros que, por no querer o no poder verla, basaban su conocimiento en conceptos erróneos y creencias supersticiosas fundadas en las aserciones de otros hombres.
La ciencia médica, con todos sus auxilios y aparatos modernos, ha logrado tan sólo alcanzar un conocimiento más detallado de algunos fenómenos de menor importancia en el reino de la materia, al paso que se han olvidado muchísimas cosas de mayor importancia que conocían los antiguos. En cuanto al poder del alma sobre el cuerpo, cuya trascendental importancia es innegable, no se sabe casi nada acerca de él, porque están dormidas o inconscientes las almas de los que viven por completo en el dominio de las especulaciones evolucionadas en sus cerebros. Un alma consciente, lo mismo que un cuerpo inconsciente, no puede ejercer ninguna facultad; sus movimientos son, o lo más, instintivos, porque carecen de la luz de la inteligencia. ES CON MUCHO MÁS IMPORTANTE PARA EL PROGRESO DE LA CIENCIA VERDADERA EL QUE EL ALMA DESPIERTE Y RECONOZCA SU PROPIA NATURALEZA SUPERIOR, que no el que los tesoros de una ciencia que se ocupa con ilusiones de la vida sean enriquecidos con cualquiera teoría nueva en que no hay ningún reconocimiento de la base única de la verdad. Todo lo que puede hacer cualquiera teoría bien fundada o cualquier libro digno de confianza, es remover una teoría falsa que impide al hombre ver correctamente; pero la verdad misma no puede ser enseñada o revelada por ningún hombre ni teoría alguna; puede verse tan sólo por medio del ojo del verdadero entendimiento, cuando se revela en su luz propia.
Ha se dicho que no le es posible o la ciencia entrar en el dominio de los noumenos en que se basan todos los fenómenos y por los cuales se manifiestan éstos; pero sin el reconocimiento de los noumenos de los cuales provienen todos los fenómenos, es tan imposible una verdadera ciencia (de scio, saber) como lo sería un sistema de matemáticas en que se desatendiera la existencia del número uno, del cual proceden todos los demás números y sin el cual no existe ningún número. El alma en nosotros es fundamentalmente idéntica con el Uno del cual proceden todos los fenómenos. El alma es, puede conocer lo que es, al paso que aquello que en nosotros meramente parece ser, pertenece al dominio de las apariencias, y sólo consigo mismo tiene que ver.
La adquisición de esta ciencia superior requiere por tanto el despertamiento del alma, más bien que el esfuerzo de las facultades especulativas del cerebro; se consigue menos por una evolución de pensamiento de varias clases, que por el desarrollo del hombre interior que es el que piensa y causa la evolución de los pensamientos, porque si aquello que en el hombre es capaz de conocer, no se conoce o sí mismo, todos los pensamientos é ideas que se hallan en la mente del hombre, no tendrán dueño legítimo, sino que existirán allí tan sólo como los reflejos de los pensamientos de otros reunidos alrededor de una ilusión que se llama el yo personal.
Cuanto más analiza la mente una cosa y entra en sus menores detalles, tanto más fácilmente pierde de vista el todo; mientras más se divide en muchas partes la atención del hombre, tanto más sale de su unidad y se vuelve complicado. Sólo un grande y fuerte espíritu puede permanecer dentro de su propia conciencia, y, como el sol que se refleja en muchas cosas sin ser absorbido por ellas, puede aquel examinar los menores detalles de los fenómenos, sin perder de vista la verdad que incluye al todo. Las verdades sencillas son generalmente las más difíciles de comprender para los eruditos, porque la percepción de una verdad sencilla requiere una mente sencilla. En el caleidoscopio de los fenómenos siempre variables, no se puede ver en la superficie la verdad que es su base. A medida que el intelecto se va sumergiendo en la materia, se cierra el ojo del espíritu; hánse olvidado ahora las verdades que antiguamente eran evidentes por sí mismas, y aun el significado de los términos que simbolizan los poderes espirituales se han ido perdiendo al cesar la raza humana de servirse de estos poderes. Debido o la presunción de nuestra época de egoísmo, el cual procura arrastrar las verdades espirituales hasta el nivel de la concepción científica de un racionalismo animal de pocos alcances, en vez de elevarse al nivel de dichas verdades, se revela el carácter de la ciencia popular moderna en el grado de habilidad con que se protegen los intereses personales é ilusorios; se cree que la “fe”, el poder salvador del conocimiento espiritual, es superstición; la “benevolencia” locura; el “amor” quiere decir deseos egoístas, la “esperanza” es ahora codicia, la “vida” la creación de un proceso mecánico, el “alma” un término sin significado, el “espíritu” una nada, la “materia” una cosa de que nada se sabe, etc.
Todo lo que precede ha sido escrito inútilmente, si no hemos logrado demostrar que le verdadero progreso en el conocimiento de la naturaleza humana, es posible tan sólo por medio de un desarrollo superior de la naturaleza interna del médico mismo. Nadie puede alcanzar ningún conocimiento verdadero del estado superior del hombre, o menos que, llegue a este estado por la pureza del motivo y la nobleza del carácter.
Sólo reconociendo su cuerpo como vehículo para el desarrollo y la manifestación de una inteligencia superior, podrá comprender las palabras de Carlyle, el cual nos dice que el hombre en su naturaleza íntima es un ser divino, y que el que pone la mano en una forma humana, toda el cielo.
La sabiduría debe ser el Maestro, la ciencia la sierva. La ciencia es la servidora de la sabiduría; la sabiduría la reina. La ciencia es un producto de la imaginación del hombre; la sabiduría el conocimiento espiritual de la verdad. La ciencia material es un producto del deseo esencialmente egoísta de saber; la sabiduría no reconoce separación alguna de intereses, es el reconocimiento propio de la verdad universal y eterna del hombre. La ciencia, guiada por la sabiduría, puede penetrar los más profundos misterios de la vida universal con entrar en la Unidad de Todo; pero si la ciencia procura servirse de la sabiduría para satisfacer la curiosidad ú otros fines egoístas, está en oposición con la sabiduría y se convierte en locura. Por eso una divisa favorita de los antiguos Rosacruces (de los cuales era uno Paracelso), pero que tan sólo unos pocos entienden, decía: “Nada sé, nada deseo, nada amo, nada gozo en el cielo ni en la tierra, sino a Jesucristo y o él crucificado”. Esto no quiere decir que resolviesen quedarse ignorantes, o perderse en desvaríos piadosos y sueños de acontecimientos pasados, pues dijo también Paracelso: “Dios no desea que seamos zotes ignorantes y bobos estúpidos”, - sino que quiere decir que había abandonado la ilusión del yo con todos sus conocimientos, deseos, atractivos y goces necesariamente ilusorios, y entrado en la conciencia de aquella inteligencia divina que durante esta vida está por decirlo así, crucificada en el hombre; y con llegar al estado espiritual superior, se habían hecho uno con Aquel que es la Verdad en el hombre y la fuente de todo conocimiento en el cielo y en la tierra.
La verdad resplandece perpetuamente en el reino eterno de la Luz, pero el mundo mental en que se mueve nuestra naturaleza terrestre, tiene sus leyes astrológicas, comparables o las que rigen el mundo visible y son conocidas de la astronomía. Del mismo modo que la tierra se aleja del sol en el invierno y se le aproxima en verano, así también la evolución del hombre tiene sus períodos de iluminación espiritual y de obscuridad mental, y hay períodos cortos dentro de los períodos grandes, así como hay días y noches en el año.
El hombre, sea que se le considere como representando o toda la humanidad, una nación, un pueblo, una familia o como individuo, se parece o un planeta que gira sobre su propio eje entre los dos polos del nacimiento y la muerte. Lo que está arriba se vuelve hacia abajo, y lo que está debajo vuelve o subir o la superficie. Las verdades desaparecen y se olvidan sólo para volver o aparecer incorporadas en formas nuevas y quizá mejores. Las civilizaciones, los sistemas de filosofía, ciencia y religión van y vienen o reaparecen, los absurdos de la moda de que se preciaban nuestros padres y que hemos ridiculizado, vuelven a ser objeto de admiración para nuestros hijos, y la sabiduría olvidada del pasado volverá a ser la sabiduría de generaciones futuras. De esta manera la rueda giraría siempre en un círculo, y no habría ningún progreso, ningún objeto para la vida, si la presencia del Sol Eterno de Sabiduría Divina, obrando sobre el centro de la rueda, no lo atrajera hacia él y así en el curso de los siglos transformará gradualmente el movimiento circular en espiral. A cada vuelta de la rueda grande, se acerca su eje imperceptiblemente o la fuente de toda vida, aunque cada período de evolución vuelve o comenzar al pie de la escala. La escala por la cual estamos ahora ascendiendo descansa quizá en un terreno un poco más elevado que aquel en que descansaba la escala por la cual ascendieron nuestros antepasados, o por la cual ascendimos nosotros mismos en pasadas encarnaciones; pero hay muchos peldaños que nuestros antepasados han subido y que tendremos que alcanzar. La ciencia de la medicina no es una excepción o esta regla general, y podemos afirmar con seguridad que el sistema de medicina de Teofrasto Paracelso, por reconocer las leyes fundamentales de la naturaleza, es de carácter tan elevado, que tendrá que crecer la ciencia médica del porvenir para llegar o comprenderla; y este progreso no será posible sin el desarrollo correspondiente, el cual se inaugurará con un concepto correcto de la constitución del hombre.
La ciencia médica moderna ha degenerado casi en un mero tráfico que florece bajo la protección que recibe de los gobiernos, mientras que por el contrario la medicina de los muy antiguos era un arte santo que no requería ninguna protección artificial, porque apoyándose en su propio mérito, contaba con su propio éxito. Los médicos - adeptos del pasado – hicieron curaciones que, cuando se efectúan hoy día en un caso excepcional, suelen llamarse milagrosas, y cuya posibilidad es negada por la mayor parte de los científicos, porque no poseen los poderes espirituales necesarios para efectuar estas curaciones, y por tanto, no pueden concebir la existencia de semejantes poderes. ¿Dónde está el médico de hoy que conozca la extensión del poder de la voluntad que ha despertado espiritualmente y que obra o centenares de leguas de distancia, o le poder que el pensamiento humano puede ejercer sobre la imaginación de la naturaleza? ¿Dónde está el profesor de ciencia que puede transmitir conscientemente su alma o un lugar distante por el poder del pensamiento y actuar allí como si estuviese presente físicamente? La prueba de que se han hecho tales cosas y se hacen todavía, está tan bien establecida, como la de cualquier otro hecho que descanse en la observación y la lógica; sin embargo, se suele considerar “científico” el negar semejantes hechos y tratar con desprecio la teoría por la cual se explican. Las fuerzas sutiles de la naturaleza son tan desconocidas para las mentes toscas y materiales, que el mencionar su existencia, provoca una carcajada entre los que, por no conocer la extensión de los poderes ocultos en la constitución del hombre, necesitan un mazo para matar una mosca o un cañón para tirar o un pájaro.
Al paso que la ciencia material dirige la vista hacia abajo, buscando en las entrañas de la materia no hallando otra cosa que tesoros perecederos, el idealista sentimental se abandona a sueños insubstanciales. Acostumbrado o la contemplación objetiva, el idealista no alcanza nada real; porque con mantenerse alejado del objeto de su investigación para verlo objetivamente, no puede identificarse con dicho objeto ni tener conocimiento propio de aquello que no es él mismo. Tampoco puede tener conocimiento verdadero el materialista que niega la existencia del Espíritu del universo, pues ignora aquello que solo es real, y se ocupa con las relaciones que existen entre los fenómenos producidos por el espíritu desconocido. Toda ciencia verdadera debe basarse en el conocimiento verdadero, el cual no procede del mero saber, sino de llegar a ser. Esto es lo que constituye aquella Theosophía o Auto-reconocimiento de la Verdad, que es la estrella que guiará al médico del porvenir como guió al médico del pasado.
V:.A:. Franz Hartmann

(1) El original de esta obra fue publicado en 1893.
(2) II Timoteo, III, 7.
(3) Romanos, IX, 16.
(4) Me he visto obligado o conservar esta palabra del original por no corresponder la etimología de “sabiduría” o la de “wisdom”. En “sabiduría” no se halla desde luego o la idea de ver, como tampoco en la raíz latina sapio, pero es evidente en la raíz griega (claro, manifiesto) la cual en su origen era equivalente a (sabio).